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Fotografía de Deborah Bonello para Vice Wold News
Mujeres en la narcocultura: ¿Patronas o víctimas?
¿Qué lugar ocupan las mujeres en las organizaciones de narcotráfico? ¿Cómo se representa su femineidad en contraste con la de los varones? En este ensayo transitamos las preguntas que aparecen entre la narcocultura y las narrativas ficcionales; entre las «narcomodelos» y las «narcotravestis». Recorremos un camino donde el sentido de la mujer narco pendula entre el estereotipo de femme fatale y el de víctima.
“Aunque sean mujeres víctimas, porque lo son, hay que encontrar una manera de narrar la dignidad del coronel. Y eso no puede ser la maternidad, porque se la reivindica en la madre abnegada y se cae en los mismos estereotipos de siempre. Hace poco, en una población de Colombia, las mujeres hicieron una huelga de piernas cruzadas para que los maridos terminen de construir un camino. ¿Así que las consideran objetos sexuales? Ellas potenciaron eso para otra cosa. En la mujer está muy cargada la representación de la maternidad, de lo femenino, de la víctima –que lo es y de la manera más insospechada porque no necesita venir con el ojo morado para que haya violencia–. Hay que entender la violencia en su particularidad, pero no reivindicar a las víctimas victimizándolas. Ellas deben reconstruir una fortaleza.” Gabriela Polit Dueñas en Las12 (2011).

Del Narco al Narcomenudeo

Desde tiempos inmemoriales, el narco sedujo a los medios masivos de comunicación, una digna opulencia de impunidad para las telenovelas y sentidos comunitarios y de culto, como en las historias de Scorsese. El narco aparece omnipotente, omnipresente, como un Díos. Pero en políticas de drogas funciona mejor ser politeístas: Dios es una mujer, Dios es gay y la teoría del desviado, ¿Qué nos puede aportar la óptica feminista sobre la política criminal?

La figura del villano es histórica y predominantemente masculina: mucho “Sin tetas no hay paraíso” y poco de “¿Por qué las mujeres los prefieren villanos?” Entra el placer en el juego dicotómico y en las películas suelen objetivarse en el dinero; en el intercambio material. Por suerte ya en Breaking Bad había más amistad que romance. Desde entonces ha habido un desencantamiento narco y un endulzamiento de lo real, del documental. ¿Qué nos sucede con el morbo narco? Hoy ya reconocemos que el narco es una sucesión de vidas y no un solo sujeto. Por ello, estos últimos años hablamos de crimen organizado; en un esfuerzo sociológico y antropológico por deconstruir los criterios que distinguen a cada eslabón e identificar la mayor o menor vulnerabilidad de las personas involucradas.

Entre el binarismo de género, la xenofobia y la gordofobia

La Guerra contra las Drogas fue oficialmente anunciada en 1971 y, a partir de allí, mucha propaganda fue en dirección de la construcción de la criminalidad asociada a sujetos migrantes. Los asiáticos (que conocían el poppy) y los mexicanos (que usaban marihuana) se presentaron como victimarios; capaces de ultrajar a la población “blanca y civilizada”. Para sumar al combo, estas conductas de uso de sustancias se consideraban desviadas y el matrimonio interracial estaba prohibido. La configuración de esta “nueva barbarie», sin embargo, no fue una arcada que se vió abierta en los ‘70 sino después de varias décadas de la construcción de una identidad estadounidense en la frontera con México.

¿Qué tal si entre Harry Anslinger y la creación de la DEA hubiera una Patrona? Ella era negra y sus dientes esmaltados en oro. Se cree que empezó siendo “mulita” como la mayoría de les infantes en los años ‘30, cuando la prohibición de la venta y el uso de drogas como el opio, la marihuana, la heroína y la cocaína proliferaron, también aparecieron oportunidades en un mercado residual. Estas oportunidades de supervivencia fueron el pan de poblaciones inmigrantes que no tenían acceso a lo que los blancos crecimos entendiendo como “trabajo digno”.

Por otro lado, en los años ‘30, el Dr. Leopoldo Salazar Viniegra se desempeñó como Jefe de el Servicio de Alcohol y Narcóticos en el Departamento de Salud (1938–1939) y llegó a escribir “El Mito de la Marihuana” donde argumenta que era menos peligrosa que el tabaco y que las conductas criminales asociadas a su uso parecían ocurrir solo cercanas a Estados Unidos. Pero el peso de la criminalidad ataría cabos entre el propósito de nacionalismo étnico de Anslinger y los estudios médicos de Salazar. Éste último reconoció la corrupción de la policía mexicana en el narcotráfico a través de una carta abierta a Lola La Chata (1938):

“Estaba seguro de que tú, Chata, quiero decir, Lola, eras una mujer joven, hermosa y seductora, y realmente estaba preocupado por el momento en que finalmente serías traída a mí y probarías tus artimañas conmigo en un esfuerzo por obtener mi complicidad porque, y te lo digo muy confidencialmente, soy susceptible a los encantos femeninos. Más tarde descubrí —y ya no debes preocuparte por mí— que no naciste bajo el signo de Venus y además que los años, la venta de comidas rápidas, el narcotráfico, la persecución policial —de los cuales es imprescindible en todo honor decirlo siempre ha sido cordial y afectuoso—había redondeado inexorablemente tu figura.”

Por otro lado, Anslinger estereotipaba a las mujeres latinoamericanas que, según él, con un contoneo de caderas y un sugerente paquete de heroína podían intoxicar a cualquier buen hombre blanco, estadounidense.

Los contrastes de ambos discursos nos ofrecen estereotipos de cuerpos feminizados en relación a los usos de ciertas sustancias; tanto sea en la compra como en el consumo final. Estos retratos se arrastraron hacia la propaganda y las ficciones narcos. 

«Creo que la mayoría de nosotras aquí sabíamos lo que estábamos haciendo», dijo. “Nunca he culpado a nadie más que a mí misma. Soy dueña de mis malos actos”. – Brenda en Las Patronas: la historia secreta de las jefas de cárteles en América Latina

Narco-Barbies, Narco-travestis, Buchonas y Mulitas

En tiempos de televisión y amarillismo, el siglo XXI nos ilustró figuras que ya existían; pero pasaron a ser atravesadas por la hipersexualización y el atractivo mediático. En el caso de las narcomodelos, se refuerza el patrón del sometimiento sexual y el vaivén de la violencia económica del crimen organizado sobre los cuerpos mediatizados “para llevarla del brazo como un trofeo”. Estos casos resultan “televisables” bajo un criterio periodístico de “lo noticiable” de los policiales. Y sus víctimas y acreedoras narran sus testimonios para un público que busca entender la dinámica sexista hacia adentro de las organizaciones.

Si bien las narco-barbies ya trascendieron a imágenes relacionadas a videos de trap; —encontramos estos 16 consejos para convertirte en Narco-barbie pero “recuerda, no incluye suggar daddy, ese se vende por separado”— nos preguntamos si será el oscurantismo (estigma) sobre La Patrona lo que previene el empoderamiento de las víctimas sobre la narrativa de los sucesos.

Marixa Lemus bajo custodia policial en 2014. Posteriormente fue declarada culpable y sentenciada por cargos de secuestro y asesinato. Foto de 2017 tomada por Carlos Hernández para Prensa Libre.

A esto le sumamos las sociohistóricas ataduras del sexo femenino a la moda y al objeto de consumo, resultando en referentas de la narco-estética. ¿Qué deconstrucción existe entre la proyección de la idea narco y el crimen en el acto (narco)? ¿Podría una mujer cometer estos actos y seguir siendo femenina?

Entonces, le damos play al loop de que ser jefa es negativo, tóxico, inherentemente mafioso. En cambio, el hombre es líder estratégico. De modo que cuando el hombre acuerpa ser narco, no hay velo de femineidad que caiga; sino más bien desborda ambición. Los hombres no lloran. Las patronas maternan.

Cuando el hombre acuerpa ser narco, no hay velo de femineidad que caiga; sino más bien desborda ambición. Los hombres no lloran. Las patronas maternan.

Mientras la narcomodelo porta lo hegemónico, igual que las Buchonas, las narcotravestis inclinan más la aguja de la teoría de la desviación y hasta las convierten sujetos —no portavoces, “nosotras éramos NN antes de desaparecer”— inherentemente punibles y existentes para la estadística policial: chivos expiatorios de la “narco-culpabilidad”. Así, las narco-travestis son una cara a la luz artificial del alumbrado público. Cuando baja el sol, ellas viven más cerca del estigma de la stripper y la trabajadora sexual que de la socia o la jefa.

Ahora bien, en los delitos por narcomenudeo, reconocemos un vox populi y también índices reales de que la mayoría de las mujeres encarceladas lo hacen por sus familias y/o hijos. No obstante, si lo que estas personas buscan es una solvencia económica, habremos de reconocer que hay una variable de violencia económica y que los estudios multicausales de estas problemáticas sociales podrían tener por desembocadura el narcomenudeo: «las mulitas«.

Narcoliteratura y Narcocultura

La mujer narco se retrata más cercana al sufrimiento; podemos empatizar con ella porque la demostración de emociones es su euforia femenina representada en el patriarcado. Así, la violencia es capacitista en tanto el cuerpo que la acuerpa ha de tener fuerza, ira, músculo. Entonces, en la mujer el arma (de cualquier calibre) aparece a representarnos ese falo, ese músculo. En la novela de Cristian Alarcón (2012), Si me querés, quereme transa, Alcira se había hecho transa para sostener económicamente a su hijo pero no consumía ninguna sustancia. Y delató el juego de roles en el eslabón “Vos robas hoy, mañana y pasado: pero cuando vos perdés […] la que termina manteniendo soy yo, la transa […]”.

Una Patrona tampoco se presta a la abolición de género, por esa puesta en escena desde lo fálico y con el correr del tiempo se deshumanizan; hasta parecen antibalas. Como La Reina del Sur.

La fantasía de la femme fatale no distingue entre el bien o el mal. Hay quienes cuestionan la moral más allá de cualquier límite y quiénes lo hacen para subsistir. Por eso, en la romantización de lo exótico criminal se borra la línea, ya sea ficcionando los sujetos o imprimiendo sus historias en la lupa de las ciencias sociales.

La narcocultura, entonces, suena tautológica: así como la palabra cultura se convirtió en la pletórica para caracterizar fenómenos sociales, la palabra narco se hizo prefijo. Narco-esto, narco-aquello, narco-elotro, narco-lifestyle. Luego, el academicismo lo reformuló como crimen organizado. Nos preguntamos también hasta qué punto está organizada cómo dinámica social. Ese «mundo» que se ilustra extraño, enajenado y lejano está cerca; la distancia es el obrar de la moral.

Pero si lo que el lector buscaba en este ensayo es narcoliteratura, se recomienda este artículo con un sin fin de referencias para que deguste la narrativa. En cualquier caso, repare en que la ficción imita a la realidad y viceversa. Lo mismo ocurre con los narco corridos.

¿Un camino puede ser subrayar su resiliencia? –Es complicado: ¿ellas aguantan todo? Todo, sacado de contexto, también me da miedo. Gabriela Polit en Las12 (2011)

 

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