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Ilustración de Adriel Radovitzky
Alquimia psicodélica: La metodología del “último alquimista”

Shulgin tuvo su primera experiencia con mescalina en el año ’60 y desde entonces no se detuvo. Devino máquina de producción de drogas psicoactivas. Una máquina casi literal, máquina de deseo (y) de drogas. Pero sería un error ver en ello un deseo meramente anárquico y desordenado: Shulgin era extremadamente metódico. ¿Quién podría haber sobrevivido, si no, a esos cientos o miles de experiencias psicoactivas, con distintas sustancias, sin un protocolo de procedimientos cuidado? Se comprende entonces mejor la acepción de Máquina.

¿Quién podría haber sobrevivido, si no, a esos cientos o miles de experiencias psicoactivas, con distintas sustancias, sin un protocolo de procedimientos cuidado?

Shulgin en su laboratorio casero. Foto: Rex.

“Yo determino la actividad de las sustancias que invento de la manera más antigua y validada por la experiencia; establecida y practicada durante miles de años por médicos y chamanes que tuvieron que conocer los efectos de plantas que podían ser útiles para curar. El método es evidente para cualquiera que haya pensado al menos un poco en este asunto. Aunque la mayoría de los compuestos que investigo se materializan en el laboratorio, y yo en contadas ocasiones pruebo las plantas o los hongos que nos ofrece la naturaleza, todavía hay una única manera de hacerlo, un procedimiento que minimiza el riesgo, a la vez que maximiza la calidad de la información obtenida. Yo mismo ingiero el compuesto. Experimento sus efectos físicos en mi propio cuerpo y permanezco atento a cualquier efecto mental que pudiera aparecer”.

“Yo determino la actividad de las sustancias que invento de la manera más antigua y validada por la experiencia; establecida y practicada durante miles de años por médicos y chamanes que tuvieron que conocer los efectos de plantas que podían ser útiles para curar. Yo mismo ingiero el compuesto. Experimento sus efectos físicos en mi propio cuerpo y permanezco atento a cualquier efecto mental que pudiera aparecer”.

Luego sigue:

“Mi punto de partida habitual, al probar una nueva droga, es de entre unas diez y cincuenta veces menos, en términos de peso, que el nivel activo conocido de su análogo más cercano. Si tengo alguna duda, reduzco de nuevo otras diez veces. Con algunos compuestos que están estrechamente relacionados con drogas de baja potencia previamente investigadas he comenzado a niveles de miligramos. Pero hay otros compuestos —los de una clase completamente nueva e inexplorada— en los que posiblemente comience a experimentar a niveles incluso inferiores al del microgramo”.

“Hay muy pocas drogas que —mediante el cambio estructural basado en un único átomo de carbono (…) cambien su potencia farmacológica en todo un nivel de magnitud. Hay muy pocos compuestos que sean activos oralmente a niveles muy por debajo de 50 microgramos. Y he descubierto que las escasísimas drogas que son activas en el sistema nervioso central del ser humano y que resultan ser peligrosas para el investigador a dosis activas, normalmente ofrecen algunas advertencias previas al nivel de umbral”.

Por último:

“Una vez se ha establecido que la dosis inicial seleccionada no tiene efecto de ningún tipo, aumento la dosis en días alternos, en incrementos de aproximadamente el doble a niveles bajos, y tal vez de 1,5 veces, a niveles superiores. Debemos tener en cuenta que, si una droga se experimenta con excesiva frecuencia, se puede desarrollar tolerancia a ella, aunque no exista actividad percibida, de forma que aumentar la cantidad tal vez parezca no ofrecer actividad, y en realidad nos estaremos equivocando. Para minimizar esta posible pérdida de sensibilidad, no repito ninguna droga en días seguidos. Además, me concedo de vez en cuando una semana para estar completamente libre de drogas. Esto es especialmente importante si estoy experimentando distintas drogas de propiedades estructurales similares en el mismo período. A lo largo de los años, he desarrollado un método de asignación de símbolos que se refieren exclusivamente a la fuerza o intensidad percibida de la experiencia, no al contenido, que se evalúa por separado en mis notas de investigación. Podría también aplicarse a otras clases de drogas psicoactivas, como sedantes-hipnóticos o antidepresivos. Utilizo un sistema de cinco niveles de efectos, simbolizados por signos de ‘más’ y de ‘menos”.

De esto se ha derivado la siguiente nomenclatura:

(-) menos uno: No se nota efecto alguno. Estado inicial o “por defecto”.

(+/-) más/menos: hay alguna diferencia respecto al estado inicial, que puede deberse o no a la droga, pero no es evidente. Bien puede tratarse de sugestión.

(+) más uno: Hay un efecto real. Se puede medir su duración, pero nada se puede decir de su naturaleza.

(++) más dos: El efecto de la droga es innegable. Se puede medir su duración, y  se puede hablar de su naturaleza. Primeros intentos de clasificación, lo cual incluye la participación de algún otro sujeto experimental. (Aquí solía entrar Ann en acción)

(+++) más tres: Intensidad máxima del efecto de una droga. Se expresa todo su potencial y sus propiedades se aprecian claramente. Se puede trazar la actividad completa (subida, meseta, bajada). Se establecen los rangos de dosis.

(++++) más cuatro: Es una categoría separada de las anteriores, de otra clase. Implica una inmersión en una vivencia cumbre, única, no reproducible, debida no necesariamente a la actividad de la droga. Es lo que llamaríamos “experiencia mística”, sea religiosa o no.

Shulgin en su laboratorio.

El periodista y químico Hamilton Morris, quien ha pisado más de una vez el laboratorio de Shulgin —el cual se puede visitar digitalmente—, ayudó a digitalizar parte de su obra. Eso lo hizo descubrir una correspondencia cuasi-secreta, con otro químico colaborador, Darrel Lemaire. Un ingeniero que produjo cientos de kilos de MDMA en las entrañas de un volcán —sí, compró 300 m2 en el desierto de Nevada, donde había un volcán, lo dinamitó por dentro, y lo convirtió en laboratorio—. Desde allí Lemaire cocinaba las recetas psicoactivas diseñadas por Shulgin, tomándose licencias creativas para seguir rutas de investigación inexploradas, haciendo innovaciones propias. Cortando, pegando y probando. Esta historia está documentada en el último capítulo de la primer temporada de Hamilton’s Pharmacopheia.

Por su parte, Ann dejará ver en sus escritos el lado más sensible, humano y comprensivo de aquella máquina-alquímica que formaron, buscando un sentido profundo en aquellas experiencias, inquietándose, preguntando y re-preguntándose permanentemente por el valor de todo ello, con cierto romanticismo y un fervor religioso que la caracterizaban. Ann le confiesa a Michael Pollan —ver el episodio 3 de Cómo cambiar tu mente— que lloró de tristeza el día que la FDA prohibió, en 1985, el éxtasis, sustancia que ya había adquirido una enorme repercusión en los gabinetes psicoterapéuticos, llegando a ser usada en medio millón de ocasiones al menos, con unos 4 mil terapeutas iniciados.

Sasha estaba convencido del valor terapéutico de algunos compuestos (como la MDMA), y pensaba que todas eran herramientas cognitivas válidas para el mejor conocimiento de la mente humana. Ann sospechaba e intuía que los potenciales que allí había se trataban no sólo de la mente humana. Sasha era de los que aseguran que no hay diferencia alguna entre compuestos orgánicos y sintéticos. Ann recalcaba que debía haber diferencias entre ingerir un compuesto de laboratorio, y una planta o un hongo —perspectiva solidaria con la de Terence Mckenna, de quien Sasha era amigo—; y que esto último debía de implicar la interacción con un “espíritu vegetal”, con cierta entidad, a diferencia de los compuestos de laboratorio.

Al respecto, Sasha respondía: «No puedo hablar por otros químicos, pero yo sé que cuando estoy trabajando en el laboratorio, creando un nuevo compuesto, no sólo lo veo al revés, de adentro hacia afuera y en tres dimensiones en mi mente, sino que también intuyo otros aspectos de lo que se está desarrollando. Podría decir que una personalidad o, para usar tu terminología, una entidad, comienza a tomar forma mientras trabajo.

Yo trato de sentirla, de captar si es amigable o no, si es responsable de abrir esa área de la mente o tiene quizás una naturaleza oscura, que podría significar que debiera tener cuidado con una excesiva estimulación del sistema nervioso, o alguna otra dificultad que no pueda anticipar.

En el momento en el que el compuesto está completamente desarrollado, listo para tomar, ya tiene personalidad. Aún desconocida, porque tengo que interactuar con ella, mi química tiene que interactuar con una sustancia con la que nunca antes se había relacionado y aunque no pueda definir su personalidad, allí está, verdaderamente. Para el momento en el que haya explorado el nuevo compuesto en sus niveles activos, su naturaleza habrá quedado bastante clara, y la “entidad” habrá aceptado algunos de mis inputs para su creación y su personalidad. Puedo decir sin duda alguna que cada compuesto que he descubierto y probado tiene un verdadero carácter propio y distintivo como lo pueda ser algo supuestamente unido a una planta que crece».

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