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Ilustración de Adriel Radovitzky
Alquimia psicodélica: Inspecciones y allanamiento (vigilar y castigar)

Nos detendremos en la primera de las recalcitrantes inspecciones que la pareja Shulgin sufrió en su laboratorio casero, —es decir, en su propio hogar— aún cuando Alexander había contado durante 30 años con una licencia de la DEA que le permitía trabajar con tranquilidad.

El punto es que, ilegalizado el MDMA, Ann y Alex habían puesto a circular el libro Pihkal,  como contraofensiva libertaria. La respuesta a esto fueron las inspecciones y el allanamiento. Leemos a continuación el tenso —y a la vez cómico— interrogatorio de la primer inspección de la serie, donde las autoridades procuraron denostar y acorralar al (psico)activista químico.

Transcribe Shulgin su interrogatorio con el agente inspector y sus acotaciones:

—¿En qué parte de esta área hay materiales que sean drogas ilegales? —Preguntó Fosca— (dondequiera que estuviéramos en ese momento, con frascos y placas Petri y pequeñas botellas y matraces sucios enfrente de nosotros).

— Bueno, esta es una muestra de Inglaterra, de una rave; puede que sea éxtasis. No la he analizado todavía, así que no lo sé.

— ¿Quién se la envió?

— No me acuerdo.

— ¿Dónde está el registro de su recibo?

— No tengo ninguno.

— ¿Por qué no toma notas?

— ¿Por qué tendría que hacerlo?

— Las regulaciones así lo requieren.

— Nunca he oído nada de tales regulaciones.

 (…)

Fosca recogió una jeringuilla Hamilton de cien microlitros y me preguntó para qué servía.

—Para inyectar volúmenes pequeños y concretos de muestra en el cromatógrafo de gases para separación cromatográfica —dijo Shulgin.

Él recogió un paquete de dieciocho agujas hipodérmicas estériles de una pulgada y me preguntó para que servían.

—Para descargar la presión positiva de argón a través de conductos de goma dentro de los sistemas sellados que tienen que permanecer secos—respondió el psiconauta.

—Parecen tener el mismo tamaño que las que se usan normalmente para inyecciones en humanos.

—Eso es porque las consigo del Hospital General de San Francisco, donde las usan para sus pacientes.

Todo lo que pudiera tener alguna orientación hacia las drogas tenía un uso legítimo para el laboratorio, por supuesto, y él pareció aceptarlo; al menos, no discutió mis explicaciones. Pero aun así, continuó tomando notas y fotografías. Apunte tras apunte, fotografía tras fotografía. Pero el énfasis continuo fue con respecto a las drogas ilegales.

— ¿Tiene usted drogas ilegales aquí?.

—Pues sí. Aquí hay una botella que contiene unos cuantos gramos de 2C-B.

— ¿Cuánto pesa?.

—No lo sé… Un par de gramos —especuló Shulgin.

— ¿Podría pesarlo?

—Claro. —Lo hice sobre un trozo de papel en la báscula. Pesó 3,4 gramos.

— ¿Para qué necesita tanto?

—Lo uso como precursor químico para la exploración sintética de nuevos compuestos que posean la orientación 2,5-dimetoxifenetilamina, pero con sustituyentes inusuales en la cuarta posición.

Apunte y fotografía.

— ¿Alguna otra droga ilegal? —preguntó Fosca.

—Bien, aquí hay una placa Petri con algo de metcatinona.

— ¿Por qué tiene eso?

—Lo sinteticé yo mismo.

— ¿Para qué lo hizo?

—Para ver si, a partir del análisis de impurezas a nivel de traza, pudiera determinar qué método se usó.

— ¿Cuáles son los métodos que podrían haber sido utilizados?.

— Los dos principales son la oxidación de efedrina con permanganato o bien con dicromato.

— ¿Cuál usó usted?

—Déjeme que mire mis notas —dijo, y lo miró a Fosca— Usé dicromato.

— ¿Tiene notas de su trabajo de investigación?.

—Si, con gran detalle.

— ¿Por qué?

—Porque trabajo con el objetivo de publicar en publicaciones de literatura científica o en patentes, y en cualquier caso las cosas deben ponerse por escrito.

— ¿Pero no toma notas cuando recibe muestras de lo que pudieran ser drogas ilegales de diversas  fuentes? —cuestionó Fosca.

—No.

— ¿Por qué no?

— ¿Por qué debería?

(…)

Narra Alex Shulgin:

Otra placa Petri llamó su atención, sobre la mesa del laboratorio, posiblemente por las tres primeras letras escritas en él: MDMone. «¿Qué es esto?», preguntó el inspector, golpeándolo ligeramente. Le expliqué que el trasfondo del mismo era la búsqueda de un antidepresivo similar a la dimoxamina de mi invención unos años atrás, pero le advertí que este tipo de información tenia que permanecer de forma confidencial, ya que aun no había rellenado la patente y todo ello era información privilegiada. Lo pesamos igualmente —por qué, no estoy seguro— y todo ello fue apuntado con detalle.

Finalmente salí a hablar con los otros dos y mi interrogador permaneció en el laboratorio durante unos minutos a solas. Quizás estaba echando fotografías, quizás tomando muestras, quizás anotando lo que veía. En cualquier caso, no tuve otra elección.

Subimos las escaleras hacia la cabaña prefabricada detrás del laboratorio, la cual llamo “la habitación mágica de almacenamiento”.

«¿Hay alguna droga ilegal aquí?», preguntó de nuevo el señor Fosca, mirando alrededor a las estanterías de contenedores de vidrio y reactivos químicos. Recordé que había una gran botella de hidrato de cloral y fui capaz de encontrarla entre una gran colección de botellas polvorientas en una estantería del fondo.

«¿De dónde procede esto?», preguntó el agente Fosca. Yo me encogí de hombros: «No lo recuerdo… Quizás estaba limpiando otra habitación de almacenamiento y estaba allí como reactivo químico. Tiene la gran C con un IV sobreimpreso en la etiqueta, por lo que debe de ser genuino».

(…)

—¿Cómo llama a esta habitación?

—Mi oficina.

Esperaba en silencio que Fosca viera y leyera las placas en la pared, las cuales habían sido concedidas en diferentes años por la DEA por los servicios prestados o algo así. Eran reconocimientos a mi aporte de forma voluntaria por mi conocimiento sobre drogas psiquedélicas durante el transcurso de los años, habiendo respondido muchas preguntas de agentes y químicos y habiendo dado charlas al personal del laboratorio de San Francisco de la DEA.

Fosca vio las placas y las leyó en silencio, tras lo cual volvió a iniciar las preguntas.

—¿Hay alguna droga ilegal aquí?

—No lo sé. —dijo Sasha con sinceridad. Había muchas cosas apiladas sobre sus archivadores (revistas, cartas, ficheros, muestras anónimas), todo ello con una buena acumulación de polvo, y no había ordenado todo aquello por lo menos en seis meses.

—¿Quizás en este cuenco? —dijo Fosca y le dio un golpecito.

Nos encontramos con varias cosas, todas ellas interesantes. Un grupo de frascos de MDMA, escritos con mi letra que decía que había algo así como diez miligramos.

—¿Es esta su letra? —consultó el inspector Fosca.

—Eso parece.

—Y este frasco —apuntando a un frasco con líquido, casi lleno, de algo llamado

LAD— ¿qué es?

—No recuerdo lo que es.

—¿Es LSD?

—No lo creo, o lo habría llamado LSD.

A esta tediosa inspección le seguiría otra, con un despliegue de 30 agentes y 8 patrulleros, lo cual dejaría a la pareja de alquimistas boquiabiertos, presintiendo el desgarro inminente de su templo. Ann expresaría:

“Durante un momento interminable, mi única preocupación fue que bien Shura o yo pudiéramos sufrir un ataque al corazón o un infarto cerebral”.

Pero dado el prestigio y el reconocimiento de Shulgin, el operativo se llevó a cabo en términos relativamente equilibrados; sin uso de la fuerza, ni desmantelamientos, ni implantación de falsas evidencias. Hasta hubo situaciones remarcablemente bizarras como la siguiente. Relata Ann en Tihkal:

En ese momento, ocurrió el evento mas extraño —y con certeza el mas esquizofrénico— de todo el día. El agente Fosca estaba de pie, guardando sus notas, cuadernos y los variados trozos de papel que habían cogido de Shura, cuando dos hombres vestidos con chaquetas entraron en el comedor, cada uno de ellos con una copia de PIHKAL, y preguntaron a Shura si podía autografiar sus gastados libros. Él dijo que lo haría con placer y me pidió que añadiera mi firma. Claro, dije… Entonces, un tercer agente me preguntó si podría comprar una copia del libro… Shura sacó dos libros y desgarró el film transparente que cubría uno de ellos, para poder autografiarlo. Otro agente lo recogió y comenzó a ojearlo, murmurando: ‘Interesante, interesante’, por lo que insistimos en que aceptara el segundo libro como regalo, aunque ninguno de los dos sabíamos si le estaría permitido hacerlo bajo estas circunstancias. Tras un momento de vacilación, nos dio las gracias y pidió que le autografiáramos la copia, lo cual hicimos con verdadero placer”.

El resultado final de estos tragicómicos episodios sería la revocación de la licencia de Shulgin para estudiar drogas ilegales; una multa de 25 mil dólares y, como demostración final del poder —y capacidad de humillación— ante la autoridad, le embargaron sus cactus de peyote, que serían destruídos innecesariamente delante de sus propios ojos…

«Nos vamos a llevar los cactus, doctor, y si usted sigue discutiendo sobre ello, me veré obligado a leerle sus derechos y ponerle las esposas».

Relata Ann: “Shura era el objetivo y habían conseguido lo que querían. Era a él al que querían castigar, y el señor Fosca y sus hostiles amigos habían conseguido la satisfacción de desgarrar finalmente la máscara de alegre amabilidad de Shura y exponer la rabia y la desamparada tristeza debajo de la misma. Los peyotes eran sus criaturas queridas, sus tesoros, sus amigos honorables y respetados, llenos de misterios (…) había costado diez años que crecieran los peyotes jóvenes hasta el tamaño que tenían ahora y, delante de sus ojos, estaban siendo arrancados de sus macetas y aplastados debajo de unas botas. Tuvimos que apartar la vista de aquello”.

Para cerrar este triste episodio, una última reflexión de Ann, de suma vigencia en nuestra actualidad, y también para estas latitudes:

“Las autoridades querían asustarlo y quizás esperaban incluso silenciarlo, pero eso no es ni será posible, mientras sigamos vivos y seamos capaces de hablar y escribir. Sentimos y aun seguimos sintiendo que el uso de las drogas es el derecho de cualquier ciudadano adulto libre, siempre que se suministre información sobre el uso adecuado de cada droga. Creemos que el abuso de las drogas debería ser una preocupación de la comunidad médica, no de la policía. No estamos solos en esta perspectiva, pero va en contra de las políticas aceptadas de forma oficial a día de hoy en este país. La educación y el acceso legal eliminarían, casi de la noche a la mañana, las mafias de contrabando de drogas, las guerras callejeras y los muertos en las ciudades relacionados con el circuito de las drogas, el dinero y el poder”.

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