¿Qué pasa con el uso de drogas en pandemia?

En medio de un escenario regido por la incertidumbre, la angustia y el desánimo de una sociedad del cansancio, aparecen consecuencias en la salud mental y en la manera de relacionarnos con las drogas. Indagamos en las características del uso de sustancias en pandemia, revisamos datos y acercamos propuestas para acompañar a las personas usuarias de sustancias en un contexto de pandemia.

La pandemia por Covid-19 irrumpe como acontecimiento que altera todas las dimensiones en la vida de un sujeto. Desde el riesgo latente a morir —pasando por cuestiones tales como garantizar las condiciones económicas mínimas de subsistencia— hasta nuestros lazos afectivos y simbólicos que, en este contexto, se rigen por la lógica de la incertidumbre.

Contagiarse, padecer, perder la vida, el trabajo o la capacidad de compra en esta sociedad “de consumo”, aparecen a simple vista como una catástrofe con aroma a extrañeza intempestiva. Sin embargo, a pesar del shock sorpresivo, nos animamos a inferir que el desastre desatado por el coronavirus vino a develar lógicas, prácticas y funcionamientos preexistentes.

El combo anímico, físico, material, energético y simbólico que atravesamos no es inocuo para nuestra salud mental. Siguiendo a la Subsecretaria de Salud Mental de la Provincia de Buenos Aires, Julieta Calmels, “el COVID no solo afecta al cuerpo, sino que también produce sufrimiento emocional”. En ese marco, nos interesa centrar nuestro análisis en una de las dimensiones que implica la salud mental: el uso de sustancias, en general, y el consumo problemático, en particular. Algunas preguntas que surgen en dicho análisis pueden ser: ¿Cómo impactó la pandemia en nuestra manera de relacionarnos con las sustancias que consumimos? ¿La pandemia nos hace usar menor o mayor cantidad de drogas? ¿Qué función pueden cumplir las drogas en nuestras vidas pandémicas?, entre otras que intentaremos ir desandando a lo largo de esta publicación.

La cuestión “droga” y el sentido común

 Antes de continuar, creemos necesario explicar brevemente algunas nociones básicas sobre el consumo de drogas. El uso de sustancias, en palabras de la especialista Graciela Touzé, es considerado como “una trama compleja de representaciones y prácticas en donde se articulan procesos sociales, económicos, políticos, ideológicos y culturales”. En esa misma línea, afirmamos que lo que suele aparecer en el sentido común como “la droga”, parece ser más amplio y diverso de lo que nuestro imaginario nos suele figurar.

La relación entre el ser humano y las sustancias psicoactivas data de miles de años, inclusive muchas de ellas existen desde antes que nos consolidemos como especie. Históricamente las sustancias han acompañado a la humanidad en rituales y ceremonias religiosas, búsqueda de expansión de la conciencia, relajación, dispersión o también como medio para evadir padecimientos físicos o subjetivos. Freud, en el Malestar en la Cultura explicaba que: “la vida, como nos es impuesta, resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportar, no podemos prescindir de calmantes (…) Los hay, quizás, de tres clases: poderosas distracciones, que nos hagan valuar en poco nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas, que las reduzcan, y sustancias embriagadoras que nos vuelvan insensibles a ellas”.

En la actualidad, en Argentina, según una publicación realizada por la Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina (SEDRONAR) en el mes de agosto del 2020, el ranking de sustancias más usadas es el siguiente: “Alcohol (81%) Tabaco (51,3%), Marihuana (17,4%), analgésicos sin prescripción médica (6,2%), Cocaína (5,3%), Tranquilizantes y estimulantes sin prescripción médica (3,4%)”. De las seis primeras sustancias nominadas, cuatro son legales, y dos ilegales. Esta aclaración la hacemos debido a que el sentido común ubica a las sustancias legales por fuera del imaginario de “las drogas”, ejemplificadas en frases comunes como decir “drogas y alcohol”.

“La dimensión legal de una sustancia predomina a la hora de caracterizar su peligrosidad, a pesar de que su regulación jurídica no tenga relación directa con la capacidad de daño social y singular en la salud de una comunidad”.

La dimensión legal/normativa de una sustancia predomina a la hora de caracterizar la peligrosidad de estas, a pesar de que su regulación jurídica no tenga relación directa con la capacidad de daño social y singular en la salud de una comunidad. La “droga” constituye hoy uno de los temas de preocupación fundamentalmente en gran parte de la opinión pública. Todas las encuestas revelan que este tema despierta inmediatamente reacciones colectivas de temor, asociadas siempre al peligro, la inseguridad personal y colectiva. Por eso mismo, consideramos necesario deconstruir mitos que se construye a partir de las ideas y representaciones que existen sobre los consumos.

El imaginario social está construido sobre la lógica de que el uso de drogas es sinónimo de adicción, sin embargo, mientras que un porcentaje pequeño padece una relación conflictiva o problemática con diversos tipos de sustancias, la mayoría de las personas que consumen drogas en el mundo no manifiestan tener un consumo problemático. En este sentido, el escritor y periodista británico Johan Hari en su contundente libro “Tras el Grito” afirma que “solamente el 10% de quienes consumen drogas tienen problemas con dichas sustancias; y, a su vez, alrededor del 90% de los que usan drogas -es decir, la inmensa mayoría- no han sufrido ningún daño derivado de dicho consumo. Pues bien, estos datos no proceden de alguna entidad partidaria de la legalización de las drogas sino de la Oficina de Naciones Unidas para el Control de las Drogas, el organismo que coordina la guerra contra las drogas en todo el mundo”.

Las drogas no son más que objetos sin potencia subjetiva, por ende, no tienen vida propia, sino que somos los humanos los que les asignamos una función, un rol en nuestras vidas. Sus impactos dependen de varios factores que hacen a la persona que las usa: composición física, biológica, prejuicios, estados de ánimo al momento de consumir, entornos etc. Inclusive, en el caso de las sustancias ilegales, al no estar reguladas y testeadas con controles de calidad estandarizados, varían en sus componentes químicos y calidad, por lo tanto, también varían sus efectos. Por eso creemos que el consumo de drogas necesita ser abordado desde una triada conceptual básica: sujeto, sustancia y contexto. En tal sentido, además de conocer los efectos psicoactivos de una determinada sustancia, es necesario ponderar el contexto social en que se da esa práctica de consumo, y también contemplar la historia de vida subjetiva de la persona que la consume.

Consumos en contexto de pandemia

 En el caso particular de la pandemia como contexto general, resaltamos algunos datos que nos pueden ayudar a encuadrar esos consumos. Según el informe “Drogas y Cuarentena” realizado por el Colectivo de Reflexión sobre los Consumos en junio del 2020, durante el periodo más estricto del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio “ansiedad, cansancio e incertidumbre por el futuro son los 3 signos más votados en la encuesta y que eligen las personas para describir su estado de ánimo. La ansiedad (66%), en segundo puesto el cansancio (64,4%), y muy cerca en tercer lugar registramos un alto porcentaje que padece incertidumbre por el futuro (64,2%)”.

Asimismo, el informe sostiene que: “según el sondeo, el alcohol sigue siendo la sustancia más consumida, tanto en el mes previo a la cuarentena, como durante el aislamiento (85,6%) (…) En segundo lugar la marihuana, con una variación de 10 puntos entre el consumo del mes previo, con respecto al consumo durante el aislamiento. Pasó de estar en un 56.5% en el mes previo, mientras que durante la cuarentena se mantiene en el segundo puesto, pero disminuye a 47,5%. En tercer lugar, se ubica el tabaco con 35,2% de los/as encuestados/as en el mes previo y con una leve disminución durante la cuarentena de 2 puntos porcentuales”.

A pesar de ser relevantes los guarismos sobre los tipos de sustancias más usadas, lo que nos resulta más atractivo de analizar es la conducta de las personas detrás de esos valores. En ese sentido, el mismo sondeo determinó que: “Más del 50% de las personas encuestadas que consumen alguna sustancia, considera que aumentó sus consumos en la cuarentena”. Asimismo, el informe concluye: “Los resultados parecen indicar que no es que la cuarentena hace que más gente consuma, sino que los que ya tenían el hábito de consumir, consuman más. En consecuencia, podemos inferir que, a la existencia de tendencias o malestares precedentes, la coyuntura actual los acrecienta”.

A partir de la lectura de diversos documentos, encuestas y entrevistas a especialistas que analizan la relación entre el consumo de drogas en contexto de Covid-19, la idea que prevalece acerca del uso de sustancias psicoactivas es que ello es inseparable del contexto en el cual se realiza. Por lo tanto, creemos que el foco no debe estar centrado en tal o cual sustancia, sino en las personas; tanto en la dimensión sociocultural de su vida (variables económicas, sociales, políticas, de género, etc.), como en los determinantes subjetivos propios de las experiencias biográficas de cada persona.

Marcos normativos en tensión

En línea con el actual marco normativo en salud mental y consumos problemáticos que tiene una clara perspectiva comunitaria en acuerdo con el respeto por los Derechos Humanos, urge la necesidad de derogar la actual Ley de estupefacientes (Nº23.737) que criminaliza, estigmatiza y persigue a las personas que usan determinadas sustancias psicoactivas.

Despenalizar las conductas asociadas al uso de drogas, legalizar algunas de las sustancias más consumidas por la población (por ejemplo, el cannabis) y regular sus mercados con fuerte presencia del Estado, generaría menores índices de criminalización y encarcelamiento, además de garantizar el acceso a una sustancia de calidad, en contextos seguros, lo que en consecuencia habilitaría mejores condiciones de acceso a la salud y menos daños para las personas que usan drogas.

“Los consumos en pandemia, aislados de una red de contención (amigues, referentes afectivos o profesionales que brinden un tratamiento adecuado) pueden agravar los efectos que la persona busca en su consumo”.

Sin embargo, es necesario tener en cuenta que los consumos en pandemia, aislados de una red de contención (amigues, referentes afectivos o profesionales que brinden un tratamiento adecuado) pueden agravar los efectos que la persona busca en su consumo. Además, teniendo en cuenta la estigmatización que recae sobre los usuarios de sustancias que repercute en el aumento de las brechas de accesibilidad a espacios de atención en salud y salud mental, puede conllevar mayores daños para la persona.

La pandemia reafirma la idea de que lo que hay que atender son los malestares y padecimientos que viven les sujetos tanto a nivel individual como comunitarios, entendiendo que “más allá de la apreciación singular, esta es una experiencia de dolor colectivo”, como explicó la subsecretaria de Salud Mental del gobierno bonaerense, Julieta Calmels. Desestigmatizar el uso de drogas, permite fomentar prácticas de cuidado a partir de estrategias de reducción de riesgos y daños en línea con una perspectiva de salud integral y colectiva.

Estado y comunidad: una oportunidad

Se hace evidente que la crisis desatada por el virus SARS Cov-2 desnudó prácticas que ya operaban en nuestras comunidades globalizadas. Ansiedad, incertidumbre, angustia, miedo y desánimo son signos de una sociedad del cansancio que tiene su correlato primero en la salud mental y luego en la manera de relacionarnos con las drogas. A su vez, toda crisis incuba una oportunidad, por lo tanto, se abren nuevos desafíos para abordar la salud mental desde una perspectiva comunitaria, que sitúe los padecimientos sin patologizar y cronificar las conductas de las personas. En ese marco, es necesario alertar sobre posibles intentos de internación compulsiva, o tratamientos basados en medicalización excesiva sin indagar en el más allá del padecimiento que presenta un usuario con consumo problemático.

Además de las experiencias comunitarias que emergen desde la propia sociedad civil, es responsabilidad de los organismos públicos estar atentos a las posibles modificaciones en los patrones de consumo que genera la crisis por COVID-19 y prevenir daños en la salud de las personas. No contemplar la necesidad de las personas de reencontrase con sus grupos afectivos, socializar, consumir por placer y/o para aflojar las tensiones que genera este contexto, sin conjugarlo con criterios de aperturas y reencuentro sociales de manera cuidada, podría generar mayor saturación en el sistema sanitario del que ya tiene por coronavirus. Consumo episódico excesivo de alcohol en jóvenes, automedicación de psicofármacos, analgésicos o uso experimental de sustancias depresoras del sistema nervioso central realizados en contextos poco cuidados o sin los protocolos necesarios para atender una demanda por intoxicación aguda o “mal viaje”, pueden aumentar las probabilidades de daños para sí mismo o para terceros.

En línea con esto último y a modo de ampliar estos debates, creemos que el uso de las tecnologías puede colaborar en acortar las distancias que nos obliga el contexto de aislamiento social, sin pretender suplantar la presencia física y corporal que proponen los acompañamientos con base en la comunidad. Un ejemplo de acompañamiento virtual es la reciente Línea de Atención Psicoactiva. La creación de redes virtuales, dispositivos tecnológicos y/o aplicaciones de celular tienen una potencia que los Estados deben poder utilizar para amainar el distanciamiento que nos obliga la pandemia.

Es un desafío para las políticas públicas poder disputar la comunidad virtual y aplicar las tecnologías para acompañar tratamientos por consumos problemáticos, generar información para consumos de sustancias más cuidados, que permitan reducir riesgos y daños y colaborar en la gestión del placer de las personas.

Finalmente nos seduce reflexionar y dejar abierto el interrogante sobre cómo lograr que la presencia del Estado y la comunidad sea en clave de acompañamiento sin juicio moral ni castigo penal para las personas usuarias de sustancias. Un contexto de catástrofe como el que estamos atravesando, debe invitarnos a ser creativos también en el campo de las políticas de drogas.

*Ariel Parajon es Politólogo. Especialista en Políticas de Drogas. Coordinador del Colectivo de Reflexión sobre los Consumos. Maestrando en Salud Mental Comunitaria. Docente de Geopolítica de las Drogas.