Ilustración de Natalia Salsa

Boom de los hongos: hablemos de Psilocibios y Amanitas

Esta entrega de la editorial Libros Enteogénicos tiene un doble objetivo: por un lado desmitificar supuestas informaciones que circulan sin ser lo suficientemente reflexionadas, en pleno boom psilocíbico. Pero por otro, revalidar mitos que, pasando desapercibidos, contienen verdades ignotas que aún no han sido descubiertas. Spoiler Alert: Mario Bross y Papá Noel posiblemente le deben mucho de su fama a sus mágicos amigos, los hongos.

Por Editorial Libros Enteogénicos

Comenzaremos por clasificar 3 tipos de hongos con propiedades psicoactivas, más o menos, conocidos hasta hoy: 

Psilocíbicos: unos 176 distribuidos en 13 especies. 

– Amanitas: que contienen muscimol y ácido iboténico (principalmente A. Muscaria y A. Pantherina)

– Ergolínicos: cuyo representante más popular es Claviceps Purpurea, del cual se ha obtenido el LSD.

Se trata de tres familias de hongos muy diferenciadas taxonómica y farmacológicamente, que consecuentemente, tienen efectos muy distintivos entre sí. En este escrito nos detendremos en las características de los primeros dos, los cuales siendo basidiomicetos, morfológicamente más parecidos, se diferencian aún así en varios aspectos. Además, los psilocibios y amanitas están hermanades por el hecho de que su consumo no requiere mayor mecanismo que el de la ingestión (o a lo sumo una infusión) mientras que comer hongos ergolínicos crudos, sólo puede conducir a una intoxicación mortal.

En realidad, el objetivo de este escrito es doble: desmitificar supuestas informaciones que circulan sin ser reflexionadas, en pleno boom psilocibico, pero también revalidar mitos que, pasando desapercibidos, contienen verdades ignotas.

Teonanacatl: hongos sagrados, carne de los dioses

La relativa ventaja que tienen los sacramentos farmacológicos, por sobre los que no lo son, es que créase o no en la liturgia, las hostias psicoactivas actúan igual. El milagro no discrimina entre escépticos y comulgantes: basta haber dejado entrar en nuestro cuerpo al blotter de Cristo para que, una vez ingerido, la gracia se haga presente. El que entonces no haya marcha atrás sugiere un notable grado de irrevocabilidad: si ya está hecho, de nada sirve arrepentirse.

Sin embargo, no pensaban lo mismo los misioneros colonos en Mesoamérica, a mediados del milenio pasado, cuando descubrían que los indígenas tenían sus propios cultos, sus propios dioses, y aún más, un contacto directo con estos.

No necesitaban intermediarios (ni sacerdotes ni biblias) ya que teonanacatl (“hongos sagrados”) como llamaban a los psilocibes, era (entre otros) su vehículo extático para entrar en comunión con lo divino. Naturalmente, nada de esto podía ser bien visto por los frailes católicos, que miraban con desprecio todo aquel culto pagano e idólatra, producto del demonio.

Estos actos incomprendidos, sumados a la intolerancia y el racismo europeo, condujeron a lo que serían los orígenes del prohibicionismo en nuestro continente: “En 1620 el Santo Oficio de la Inquisición decretó formalmente que en la Ciudad de México la ingestión de plantas embriagantes constituía una herejía” escriben Palma; Pérez; Hernández y Rodríguez en Ensayos Alternativos de Conciencia (2013).

Esta cruzada fue llevando a la desaparición del sagrado y ancestral culto fúngico entre mesoamericanes, quienes sólo pudieron sostenerlo a fuerza de refugiarse en las montañas para que, recién a mitad del siglo XX, Occidente pudiese re-interpretar estas prácticas, a partir de una serie de sucesos que concluirían con su visibilización y divulgación por parte de Gordon Wasson y Valentina Pavlovna.

Hongo-Piedra Maya. El Salvador 300-200 a.C. 33,5 cm de altura.

Los hongos y el lenguaje

Curiosamente y como cualquiera que haya experimentado con los hongos mágicos sabe, el lenguaje está muy implicado en la experiencia y no dejó de estarlo en los orígenes de los hallazgos que veremos a continuación.

La inclinación a apreciar, deleitarse y sentir atracción hacia los hongos, o por el contrario, verlos con aversión y rechazo, tiene raíces idiosincráticas.

Fue precisamente por medio del estudio del lenguaje (o del “habla” en términos de la lingüística) que el matrimonio pionero de la etnomicología, formado por un banquero norteamericano (Gordon) y una médica rusa (Valentina), atisbó a la sospecha de que los hongos habían sido antaño objeto de culto religioso, generando fascinación y temor, y que el papel de la cultura no sería indistinto en aquella tendencia subjetiva que decidieron llamar micofilia y micofobia. Es decir, sencillamente que la inclinación a apreciar, deleitarse y sentir atracción hacia los hongos, o por el contrario, verlos con aversión y rechazo, tiene raíces idiosincráticas.

Elles mismes pusieron de manifiesto que Tina (de raíces rusas) profesaba lo primero, mientras que Gordon, representante de la herencia del linaje anglosajón, se veía más inclinado a lo segundo, al menos hasta que tuviera su primera velada con estos seres enteogénicos. Antes de eso, un suceso aparentemente nimio nos retrata semejantes actitudes dispares:

“En aquel hermoso primer atardecer de nuestras vacaciones en las Catskills salimos a deambular por un sendero, paseando asidos de la mano, felices como alondras, disfrutando la plenitud de la vida. A nuestra derecha había un calvero y a la izquierda el bosque. De pronto Tina se desprendió de mi mano y se precipitó en la floresta. Había visto hongos; una multitud de hongos, hongos de muchas clases, que poblaban el suelo del bosque. Gritó encantada con su belleza. Los llamaba a cada uno con un afectuoso nombre ruso. No había visto tal profusión de hongos desde que dejó la dacha de su familia cerca de Moscú, casi un decenio antes.

Tina se prosternó ante aquellas setas, en actitudes de adoración semejantes a las de la Virgen mientras escuchaba al Arcángel de la Anunciación. Comenzó a recoger algunos de los hongos en su delantal. Le advertí: “¡Regresa, regresa acá! Son venenosos, hacen daño. Son setas. ¡Ven acá!” Sólo conseguí hacerla reír más: sus festivas carcajadas sonarán por siempre en mis oídos.

Esa noche Tina aderezó la sopa con hongos y guarneció la carne con otras setas. Ensartó otras más en ristras que colgó a secar para su consumo durante el invierno, según dijo. Mi desconcierto fue total. Esa noche no probé nada que tuviese hongos. Desesperado y profundamente preocupado me dejé llevar por ideas descabelladas: le dije que al día siguiente, cuando me levantara, sería viudo. Era ella quien tenía razón; no yo”.

Este paradigmático episodio marcó el destino de su relación y de sus vidas, ya que por estas diferencias conyugales emprendieron la odisea de estudiar el papel de los hongos en distintas culturas y las variopintas reacciones de las personas en ellas. En sus estudios nos hacen notar que en la lengua inglesa hay tan sólo unas pocas palabras para designar a este reino de seres que no son ni plantas ni animales y que en general se los trata con aires peyorativos (como parásitos, tóxicos, desechables). En cambio, en la tradición rusa, encontramos cientos de palabras tiernas, cariñosas, para referirse a los pequeños seres con sombreros.

Hoy sabemos que los hongos psilocibes son cosmopolitas, que se cuentan en decenas de especies: Psilocybe, (116 especies), Gymnopilus (14 especies), Panaeolus (13 especies), copelandia (2 especies), Hypholoma (6 especies), Pluteus (6 especies), Inocybe (6 especies), Conocybe (4 especies), Panaeolina (4 especies), Gerronema (2 especies), Agrocybe, Galerina y Mycena, cada uno con una especie (ateniéndonos a la taxonomía propuesta por Oscar Parés en “Psilocibes”, 2014, VV.AA) y que además de contener psilocina y psilocibina también traen consigo otros alcaloides como la norpsilocina, baeocistina, norbaeocistina, aeruginascin

Foto cortesía del autor 

Se sabe ya desde mediados de siglo pasado que la psilocibina se degrada en psilocina una vez que es metabolizada en el cuerpo, desfosforilandocé; por lo tanto es la psilocina la que produce siempre el efecto psicoactivo más destacado, aunque no exclusivamente. También es sabido que los hongos frescos conservan este principio activo, mientras que una vez desecados lo pierden, disminuyendo drásticamente la potencia de sus efectos (lo contrario de lo que sucede con las Amanitas, como ya veremos). El punto es que, frescos, los psilocibes no duran mucho más de una semana sin descomponerse. Para conservarlos hay que desecarlos y preservarlos de la luz, la humedad y las altas temperaturas.

Con el boom (del negocio) del autocultivo, es frecuente ver hoy en día distintas “cartillas” para cada cepa de psilocybe comercializada, ya sea en forma de frutos o de esporas, como si de cartas magick, o del perfil de algún personaje de juego de rol se tratase.

Paralelamente, con el boom (del negocio) del autocultivo, es frecuente ver hoy en día distintas “cartillas” para cada cepa de psilocybe comercializada, ya sea en forma de frutos o de esporas, como si de cartas magick, o del perfil de algún personaje de juego de rol se tratase: “filosófico: 5 puntos, visual: 2 puntos, reflexivo: 3 puntos” y así, cuando en verdad no hay ningún estudio serio que sustente estas estrategias de marketing.

En palabras de Fernando Caudevilla en Psilocibes (VVA) : “… desde la óptica de reducción de riesgos, agitando la bandera de la búsqueda de objetividad, no se puede hacer un ranking de potencias. Simplemente no hay suficientes estudios sobre el contenido de alcaloides psicoactivos entre todas estas sub-variedades de Psilocybe cubensis (las más extendidas debido a la facilidad y eficacia que ofrece su cultivo controlado). Y si veis algún catálogo por ahí, seguramente quien lo ha hecho tiene un interés comercial en ello…”

Pero quien tenga suficiente experiencia con este tipo de hongos, no se deja engañar: ninguna experiencia es igual a otra, por más que se haya usado la misma cantidad de la misma especie, tal como ningún ejemplar de hongo es igual a otro, aún siendo de la misma especie. Y para explicar esto hay una enorme cantidad de variables en juego: el sustrato, las condiciones de cultivo y de crecimiento, el contexto, el momento subjetivo del usuarie, su peso corporal, hábitos alimenticios y de consumo, su tolerancia, su sistema de creencias, y seguramente más condiciones (a veces misteriosas) que escapan a nuestro limitado entendimiento.

Hongos y hongas suelen reírse también de nuestras escalas de dosificación, y con esto no digo que no debiéramos tenerlas de referencia. Pero aquello que para algunes es una “dosis chamánica” (supongamos los “heroicos” 5 gramos secos de Mckenna) para otres es una experiencia psicodélica que apenas les hace cosquillas. Y mientras para muches 1gr es casi una microdosis, para otres puede ser el viaje místico-enteogénico de sus vidas. En suma: hacer de cada cepa un “perfil” con skills y de la dosificación una ley constante y universal, en mi opinión, no tiene mayor interés y deviene en un simplismo reduccionista que no se condice siempre con los hechos.

Neurofarmacología

Lo que bien se sabe es que los alcaloides psilocíbicos actúan principalmente sobre los receptores cerebrales 5-HT2a, al igual que la mayoría de los psicodélicos “clásicos”: LSD, Mescalina, DMT. Recientemente se ha descubierto que los hongos contienen, además del mencionado cocktail de alcaloides triptamínicos, otros principios activos del tipo betacarbolínicos: inhibidores de la enzima monoaminooxidasa. Es decir, que los hongos psilocibes reúnen, de forma natural, aquel complejo de compuestos psicoactivos que se encuentran en las ayahuascas más visionarias (triptaminas+Imao) elaboradas concienzuda y meticulosamente por la sapiencia indígena. Rick Strassman ya decía que le gustaba pensar en la psilocibina como “un DMT activo oralmente”. Y parece ser que su intuición está fundamentada.

AMANITAS: muscaria, pantherina

Esta familia de hongos marca un notable contrapunto con los anteriores: son micorrizas, es decir, crecen en simbiosis con raíces y cortezas de pinos, abetos y abedules. Por lo que, contrariamente a los coprófilos psilocybes, no son hongos que puedan cultivarse de forma casera. No hay registro, hasta la fecha, de un cultivo casero o de laboratorio exitoso de amanita. (Y si lo hubiese ¡por favor háganmelo saber!)

En cuanto a su consumo, conviene ingerirlos secos antes que frescos (otra diferencia radical con psilocibes) ya que en éste último caso resultan de una toxicidad por demás indeseable (debido a la muscarina, la cual se degrada al secarse). De todas formas, no hay unanimidad con respecto al reporte de efectos entre sus usuaries: van desde los que sólo notifican malestar físico, hasta los que entran en profundos estados de somnolencia visionaria, pasando por estados de excitación motriz, disociación y sensaciones de borrachera y de fuerza física incrementada.

Otro efecto comúnmente asociado a la amanita muscaria es la macropsia y micropsia: ver los objetos más grandes o más pequeños de lo que se supone que son. Recordemos un saber popular disimulado en el videojuego de Mario Bross: cuando el personaje ingería el hongo con lunares (amanita, sin lugar a dudas) ¡¡aumentaba de tamaño y cobraba más fuerza!! Sin embargo, cuando ingería el hongo verde (Amanita Phalloides) se le acreditaba una vida y ¡¡ATENCIÓN!! ¡Esto es todo lo contrario a lo que sucede en realidad! ya que ésta especie es lisa y llanamente LETAL.

[Por otra parte, el vínculo entre la flor y el fuego, o entre la estrellita y la hiperexcitación del personaje, acompañada de música frenética, lo dejo a interpretación de quien lee].

Química, farmacognosia y farmacocinética de Amanitas

Los alcaloides involucrados en la psicoactividad del Amanita Muscaria son muscimol y ácido iboténico. Al dejarse secar, por descarboxilación, el ácido iboténico se convierte en muscimol; lo propio ocurre también cuando esta sustancia ingresa al organismo. El muscimol tiene afinidad por los receptores cerebrales GABA, el principal neurotransmisor inhibidor del cerebro. 

Un dato de color (amarillo, pero no amarillista) es que estos principios activos pasan de forma intacta a la orina de quien los haya consumido, con lo que en las tradiciones chamánicas rusas (lapones, koryaks) no es infrecuente observar que chamanes y aprendices beben de su propia orina (sí, leyeron bien) para volver a obtener los efectos deseados. Inclusive, se reporta la ingesta de orina de renos con el mismo fin, dado que estos animales también se ven apetecidos por estos curiosos frutos.

“Aquellos más pobres que no pueden permitirse almacenar sus propios hongos, se aprestan, en tales ocasiones, cerca de las cabañas de los ricos a la espera de que los invitados salgan a orinar. En ese momento sostienen un tazón de madera para recibir la orina, que beben con avidez, como si contuviera aún parte de la virtud del hongo, de modo que así se emborrachan ellos también.” (Filip Johann von Strahlenberg, citado por Jonathan Ott en Pharmacotheon, 1993)

“… el efecto de la orina producida tras la ingestión de un solo hongo puede transmitirse a una segunda persona, la orina de esta segunda persona afecta a una tercera y, similarmente, sin que los órganos de esta secreción animal lo cambien, el efecto aparece en una cuarta y quinta persona.” (Langsdorf, citado por Wasson, en “Los alucinógenos y la Cultura” de Peter Furst, 1976)

Aunque pueda resultar chocante, esta práctica tiene una ventaja farmacológica por sobre la de comer el hongo directamente y es que en la orina se filtran y concentran los alcaloides involucrados en el efecto psicoactivo, mientras que los principios tóxicos (como la muscarina) desaparecen. 

Amanitas en El Hoyo, Chubut. Foto cortesía de Tomás del Bianco.

Amanitas y la navidad

Siguiendo el rastro de saberes disimulados (u olvidados) en la cultura popular, evoquemos la imagen del chamán barbudo, canoso, vestido con los colores de su sacramento (rojo y blanco), que obtiene sus frutos cual “regalos” bajo ciertos árboles (pinares), y que mantienen un estrecho vínculo con renos voladores psiconautas… ¿no encontramos esta historia, por estas fechas, profundamente familiar?

Tarjeta navideña alemana, 1900.

Y es que desde la historia de las religiones y la antropología se argumenta que la Navidad es un culto pagano, chamánico, ancestral, del viejo continente, vinculado a estados no-ordinarios de conciencia, de cuyos cimientos empíricos tan sólo hemos legado su simbolismo: árboles (pinos) navideños, en los que aparecen regalos (hongos), traídos por un anciano que sobrevuela los aires a carcajadas desde un trineo acarreado por alucinantes renos. ¿Mera coincidencia?

¿Soma?

No conforme con haber dado a conocer en Occidente el ancestral culto mesoamericano de los hongos psilocybes, Gordon Wasson especuló también con la posibilidad de que el mítico Soma (bebida, planta y dios) de los indoarios (mencionado en el Rig Veda) fuese este otro hongo. Soma era para los Vedas un dios, una planta y un bebedizo cuyo estado de embriaguez (enteogénica) equivalía a la inmortalidad:

‘Hemos bebido soma y nos hemos vuelto inmortales; hemos alcanzado la luz y descubierto a los dioses. Ahora qué puede hacer la malicia de nuestros enemigos para hacernos daño. ¿Qué, oh inmortal, engaño mortal del hombre?’ Rig-veda (8.48.3, en la traducción de Ralph T. H. Griffith) 

“Tus jugos, soma purificado, que todo lo penetran, rápidos como el viento, fluyen como la descendencia de veloces yeguas; los celestiales, alados y dulces jugos, los más excelsos estimulantes del regocijo, arden en el receptáculo.

Tus jubilosos jugos, que todo lo penetran, están desatados como carrozas; las dulces olas de soma llegan a Indra, el señor del trueno, como una vaca lechera al becerro. Como un caballo dispuesto para la batalla, quienes dominamos el ímpetu del cielo que todo lo conoce vamos hasta el receptáculo cuya madre es la nube…” (en Poona, India: Ashtekar, 1928)

Hoy día se sigue rindiendo culto a Soma, pero lo cierto es que poco y nada se sabe con exactitud respecto de la composición original de este elixir. Peter Furst lo resume así: “Básicamente, el problema era éste: el soma era claramente una planta alucinogénica, con ciertos y bien definidos efectos subjetivos, pero carecía de una identificación botánica. Desde el primer milenio A.C., la verdadera planta soma desapareció del ritual védico y el nombre llegó a adscribirse a varios sustitutos, de los cuales ninguno tenía los mismos efectos psíquicos del soma original y la casta sacerdotal, cuando menos, sabía que no se trataba más que de sustitutos” (en Furst, 1976, Los alucinógenos y la cultura).

Las especulaciones de Wasson (1968) acerca de que una preparación con amanita sea el Soma veda y el Haoma iranio (“una planta seca, sin hojas, sin raíces, sin flores, a la cual se le añade agua para henchirla de nuevo”), ha sido criticada y reformulada en varias oportunidades. 

En “El Manjar de los Dioses” (1993) Terence Mckenna ya cuestionaba la plausibilidad de que la farmacología de las amanitas pudiese desplegar la potencia visionaria manifiesta en el Rig Veda cuando se habla de Soma, y éste autor propone en dicha obra que el sacramento más bien debió tratarse de los otros tipos de hongos: psilocybes. 

En 1994 Viktor Sarianidi, arqueólogo ruso, postuló haber encontrado trazas de Ephedra Distachya (de donde se extrae el estimulante efedrina), semillas de Papaver Somniferum (amapola, de donde se obtiene el opio) y Cannabis Sativa, en vasijas y objetos ritual de las ruinas de Gonur Tepe (Turkmenistán, Asia Central), para obtener el complejo farmacológico líquido que sería el Soma/Haoma. En el documental “Psychedellica” (2014), de la plataforma Gaia, el segundo capítulo de la serie sostiene esta misma idea. 

No se descarta la hipótesis de que los indoarios hayan pasado de un sacramento al otro (del amanita al compuesto cannabis/efedra/amapola) debido a circunstancias migratorias-geográficas, pero intentando mantener la compleja fenomenología del efecto psicoactivo fúngico: sedante, eufórico, psicodélico, estimulante y disociativo a la vez. Hay quien sostiene que el cambio de identidad de Soma quizás sea la historia de las migraciones arias-védicas. También hay que decir que hubieron otros posibles candidatos para Soma, como peganum harmala o también el Loto azul (Nymphaea caerulea). 

Más reciente que la propuesta de Sarianidi, es la de la doctora en historia Natalia Polosmak, quien ha publicado los resultados de una investigación (2010) basada en el hallazgo arqueológico de una alfombra en una tumba que data del año 100 A.C, de la que se infiere que Soma/Haoma era en realidad Psilocybe Cubensis, como sostenía Mckenna. Esto explicaría, entre otras cosas, por qué las vacas son sagradas en India, aún hasta hoy. 

¿Conclusión?

Para concluir, sólo hacer notar que mientras la farmacopea de los hongos psicoactivos pareciera ser clara y sencilla, en realidad está envuelta en interminables misterios y complejidades que aún hoy son acertijos muy parcialmente resueltos. Mediante este escrito esperamos haber contribuido, aunque sea mínimamente, a despejar algunas dudas o falsas creencias, pero sobre todo a seguir alentando la investigación micofílica, psiconáutica y enteogénica, con responsabilidad y a conciencia.