Una historia de la prohibición: entrevista a sus realizadores

A días del lanzamiento gratuito de la película en CINEAR, hablamos con los codirectores Juan Manuel Suppa Altman y Martín Rieznik. Nos metemos en el detrás de escena, el contexto de producción y el de lanzamiento, las transformaciones del material y sus aportes a la discusión pública. También charlamos con el editor de la Revista THC, Martín Armada, que puso su voz y su cuerpo para este documental que aparece en un tiempo marcado por la pandemia pero también por un visible desgaste del discurso de la Guerra a las Drogas.

El material que sustenta esta película atravesó algunas transformaciones. Comenzó fragmentado en artículos periodísticos que se publicaron periódicamente en la Revista THC hace algunos años por Juan Manuel Suppa Altman. Luego fueron agrupados, compilados y organizados por su autor para el libro Historia de la Prohibición, donde se narra cómo el prohibicionismo, en nombre de una moral racial y colonialista, beneficia a un complejo entramado médico, policial, judicial, político, militar, industrial, farmacéutico y financiero. 

Finalmente se sintetizó el libro en una propuesta documental que construye un entramado entre la macrohistoria de los hitos de la prohibición y la microhistoria de Eric Sepúlveda, un cultivador y productor de aceite de cannabis terapéutico que sufre en carne propia los efectos de la política de drogas prohibicionista.

¿Por qué se prohibieron las drogas en Argentina? ¿Qué sucede en países con un modelo alternativo como Uruguay? Una Historia de la Prohibición es una historia personal y un recorrido por los principales hitos de la guerra a las drogas en Argentina y el mundo. Hasta que puedas verla online por cinear.com desde el 1° de sepriembre, te la cuentan los realizadores.

¿Cómo fue el detrás de escena de la película?

Martín Rieznik: Toda la pre-producción fue la investigación de la historia de la prohibición de drogas y por el otro lado sobre todo la investigación de archivo, buscar un material audiovisual que sustente la historia que queríamos contar. Que se hizo mucho en hemerotecas y en archivos de video como Difilm. En cuanto a los viajes, en la película se cuenta la historia de Eric Sepúlveda, un cultivador que fue preso en Córdoba, viajamos allá para ver y retratar cómo era la vida de alguien que se ve afectado por esta prohibición y también queríamos entrevistar a los verdugos de Eric: los policías, los jueces, los fiscales. Lamentablemente ninguno de ellos quiso dar una declaración. Solo se ofrecieron a hacernos demostraciones operativas de cómo ejecutan ellos sus operativos antidrogas. Lo cual visualmente suma a la película y también construye sentido porque vimos claramente que eran operativos pensados para barrios humildes, como es el de Eric. No eran operativos pensados para entrar en una mansión de Barrio Parque.

Juan Manuel Suppa Altman: El detrás de escena la verdad que tiene una faz humana que es que yo soy amigo de Martín Rieznik hace tiempo y hemos compartido mucho trabajando en THC con Martín Armada. Por otra parte, el cine tiene un aspecto grupal que hace que sea mucho más dinámico y tenga más diálogo de lo que yo estaba acostumbrado en el periodismo. Ese es el principal dato detrás de escena. Para la película tuvimos que hacer una búsqueda de archivo que no fue fácil y tuvo mucho de inventiva y de ingenio, porque nadie había compilando la documentación y los testimonios en base a la historia de la prohibición. No es un capítulo en ningún libro de historia, entonces hubo que ir picando las informaciones de diferentes lugares y principalmente los archivos de imágenes y las voces que pudiesen dar lugar a esto. Después en relación a la parte de los viajes hubo 3 lugares: Córdoba, Buenos Aires y Montevideo. Elegimos ir a Montevideo para visibilizar que además de toda la porquería que estábamos mostrando también existe una alternativa además de lo que padecemos por el statu quo prohibicionista. 

¿Qué transformaciones atravesó el material desde el libro al documental? ¿Qué fue lo más dificultoso de adaptar?

MR: Se pasó de un libro a una película así que se cambió el lenguaje del escrito al audiovisual, ese fue el desafío. Pero a la vez cuando Juan Manuel hizo la investigación para su libro él ya había juntado gran parte del material de archivo que tiene que ver con los diarios de la época y registros fotográficos. Y lo más difícil de adaptar no sé si fue algo en particular, fue todo. ¿Cómo resumir ciento y pico de años de historia en los 40 minutos que le dedicamos en la película a la historia de la prohibición? Por momentos pareció cuesta arriba, pero hacia el final de la película, cuando ya teníamos todo el material de archivo juntado y nos empezamos a juntar Juan Manuel, yo y Martín Armada, le encontramos una armonía muy linda y el resultado es bueno. 

JMSA: En relación a las transformaciones del material desde el libro a la película, bueno, son dos universos muy diferentes y lo que el cine gana en síntesis lo pierde, digamos, en fundamentación. Si bien en la película hay un esfuerzo por sostener cada una de las cosas que se dicen en base a algún documento o alguna fuente, esto fluye más naturalmente en el texto, que está pensado desde un lugar de argumentación mucho más minucioso. Lo difícil fue trasladar el rigor del texto a la película porque el peligro podía ser que dijéramos un montón de cosas que sonasen como producto de opiniones que la gente puede presuponer o saber que tenemos y que eso le quite fuerza a la película. Si no hay nada más que opinión, pierde potencia. La cosa fue desde el libro a la película sostener un hilo argumental riguroso, que mantuviese la información principal pero que fuese a lo esencial y lo sustantivo para que la peli no se convirtiera en algo laxo y amarillista. 

“Al hacer una historia de la prohibición de las drogas creo que le quitamos el velo del tabú y toda la moralina que hay alrededor de las drogas, que tiene un carácter político que se mantiene vigente porque le conviene a quienes detentan el poder”.
¿Cuál creen que es el aporte de esta película a la discusión pública?

MR: Creo que un poco la intención y nuestra idea fue desnaturalizar la prohibición. La prohibición es un estado de la cultura que hemos naturalizado durante, pongamos, 100 años donde se ha naturalizado y se han mezclado causas con consecuencias. Por ejemplo, la idea de que el narcotráfico es la causa de la prohibición es equivocada porque el narcotráfico es consecuencia de la prohibición. Esa es una de las cosas que queríamos desnaturalizar y mostrar en la película. Y al hacer una historia de la prohibición de las drogas creo que le quitamos el velo del tabú y toda la moralina que hay alrededor de las drogas, que tiene un carácter político que se mantiene vigente porque le conviene a quienes detentan el poder. En la película no se expresa así porque no subestimamos al espectador. La película no está para poner opiniones sino para documentar hechos, que a mí particularmente me llevan a esa conclusión. Espero que más gente sea la que llegue a esta conclusión. Creo que la peli tiene un valor documental muy valioso.

JMSA: El aporte que pueda hacer la película siempre es relativo y moderado en relación a las fuerzas  que están en pugna y la incidencia que puede tener la película. En el mejor de los casos podría contribuir a que las personas que la vean profundicen su conocimiento y las reflexiones acerca de lo que rodea la prohibición. La verdad son tiempos particulares en los cuales aparecen prioridades muy elementales ¿no? como la supervivencia, el trabajo, la alimentación… Nos tocó estrenarla en este tiempo social y político y nos parece que tampoco está mal, en el sentido de que siempre es una buena oportunidad para discutir cuestiones vinculadas a las libertades individuales y también a la geopolítica. Porque a la larga, los problemas de economía y los problemas más generales también están vinculados a la geopolítica; la política de drogas no es un elemento menor en ese planteamiento geopolítico. En fin, son personas las que ven la película y el proceso en principio es bilateral, osea, la película se completa cuando el espectador la ve, con el bagaje que tiene cada espectador. En mi caso particular me conformo con que sirva para bajar un poco esos conceptos celestiales del bien y el mal; cuestiones que siempre la moral púbica construye en una forma un poco fantástica. Me conformo con que ese fenómeno se pueda ver en la película y cada quien haga lo que tenga que hacer. Obviamente nuestra posición es bastante elocuente pero la verdad es que no tenemos la pretensión de resolver, como si fuésemos la ONU, el problema de las drogas.

¿Cómo organizaron el trabajo de adaptación del material ¿Cómo fue el esqueleto que tuvieron que armar para estructurar la película?

JMSA: La organización del trabajo de adaptación llegó al final, lo que primero buscamos fue que la película se sostenga desde lo audiovisual. En el principio se trabajó a partir de un guión con una voz en off más abundante en datos, personajes y otras cuestiones para encontrar un material de archivo que sostuviera. Una vez que ya se encontró ese material de archivo para sostener lo audiovisual, era mucho más fácil ir despejando algunas notas, datos, nombres… porque de todas formas ya estaba como instituido el clima, el aroma, el espíritu de la película. Al final de ese proceso fue muy importante la participación de Martín Armada. Porque él es un poeta que lee su poesía y por eso es un gran decidor, tiene buena dicción. Entonces le aportó una claridad que yo no hubiese podido. Por otra parte, más importante todavía, él es un editor. Entonces también estuvo muy bueno pensar el diálogo entre las imágenes y la voz en off a partir de su cabeza de editor, y yo creo, entre nosotros, también de poeta. Así que eso, más las convicciones que yo ya tenía y las cuestiones de gusto y los aportes que hizo Martín con su sentido de la síntesis, fueron los ingredientes con los que se cocinó la adaptación.

MR: El guión lo armamos entre Juan Manuel y yo. El trabajo de adaptación duró 4 años. No sé si hubo una metodología tan clara o una forma de trabajo muy específica. Se trató de ir haciendo una convergencia con el tiempo entre el material escrito y todo el conocimiento que teníamos del libro de la prohibición y encontrar cómo contar todo eso desde lo audiovisual, sin ser redundantes. Ese fue el mayor desafío. Sobre todo fue un trabajo de síntesis. Hay una frase que dice que la mano que tacha es la que escribe. Acá aplica perfectamente, porque teníamos que resumir el libro a lo mínimo, que a la vez no pierda sentido y aporte cuáles son las causas de la prohibición. Entonces fue sobre todo un trabajo de síntesis que fuimos haciendo a medida que íbamos editando la película. Es decir, ya habíamos dividido en 5 segmentos, sabíamos qué imágenes teníamos, qué queríamos contar y bueno íbamos armando esa costura entre el texto y las imágenes.

“Las organizaciones cannábicas son la expresión más  lúcida y autoconsciente de un fenómeno que viene desde unos 10 o 15 años, que implicó asumir la condición de usuario, asumiendo la voz que se tiene y en muchos casos simplemente saliendo del clóset”
Las películas son un discurso producido en un contexto histórico, cultural, social y político de producción de la obra y otro de reconocimiento por parte del público, ¿cómo interpretan esos contextos?

JMSA: Bueno, el contexto de producción de la película y el discurso se encuadró en una época de relativo endurecimiento. Porque fue hecha durante el macrismo y fueron años donde reverdeció el discurso más punitivista de una forma más explícita, porque también es verdad que nunca desapareció la tensión sobre la prohibición y siempre siguió existiendo la ley penal.  Pero sin dudas Patricia Bullrich fue un escalón más arriba, en el sentido de adoptar la Guerra a las Drogas en los aspectos más estéticos de lo discursivo. Eso tiene que ver con que efectivamente ella es una persona que está más encuadrada dentro de la organicidad de la Guerra a las Drogas por su vínculo con los EE.UU. y con el aparato de seguridad y militar de los EE.UU. me parece que es bastante estrecho. El sentido del tiempo que le tocó a la película es la relativa contradicción o tensión que existe entre la Guerra a las Drogas y su discurso que se fue desbaratando lentamente, sin lograr vencerlo. Porque es verdad que está erosionado, pero sigue vigente. Y eso tiene que ver con que en un punto las corrientes críticas han hecho su trabajo de esmerilamiento: han demostrado la falsedad de las premisas de la Guerra a las Drogas, han mostrado sus segundas intenciones, han mostrado su fracaso sanitario. E inclusive no solo las corrientes críticas, porque los número más fríos de la ONU o de la OMS muestran lo mismo. Por otro lado, también podemos nombrar la aparición de las organizaciones cannábicas, que son la expresión más aguda o más lúcida y autoconsciente de un fenómeno que viene desde unos 10 o 15 años, que implicó asumir la condición de usuario, asumir la voz que se tiene y en muchos casos simplemente salir del clóset. Cuando yo era adolescente y cuando yo era niño mucho más, en los 80/90, era una especie de salvoconducto al exilio social, confesar que uno consumía cannabis o alguna otra sustancia. Hoy en día, si bien sigue existiendo el estigma, es mucho menor. Entonces esto produce que conviva una relativa relajación para un sector de la sociedad mientras que otra parte de la sociedad, sobre todo trabajadores y jóvenes, siguen recibiendo la parte más cruda y son el objeto de la persecución policial, la carne de cañón del prohibicionismo. Y a la vez estas contradicciones y tensiones se pueden llevar al campo del cannabis medicinal donde existe una ley pero que no reconoce plenamente la capacidad terapéutica del cannabis, que existe un fallo de la corte que dice que es inconstitucional el artículo que dice que castiga a los usuarios, pero la ley sigue existiendo y hay un consenso político que evidentemente coincide en no modificarla. Entonces, creo que son las contradicciones de esta época, existe un Uruguay acá enfrente y existe un Canadá, pero también EE.UU. y dentro de EE.UU. hay unos cuantos estados que han legalizado el cannabis y otros que siguen siendo brutalmente prohibicionistas. Creo que ese es el cuadro de época.

MR: El contexto en relación a las drogas en Argentina cuando nosotros empezábamos a filmar esta película se estaba por aprobar o se acababa de aprobar la ley de cannabis medicinal que sigue sin estar reglamentada a fondo, y es una pequeñísima parte del problema la ley de cannabis medicinal porque sigue estando en discusión el derecho de la gente de consumir algo más allá de que se lo recete o no un médico. Entonces, no podemos pensar que porque se aprueba una ley de cannabis medicinal está solucionado el tema de las drogas. Seguimos con leyes vigentes hace más de 30 años con penas de prisión por la tenencia para consumo. Esto sigue siendo así en la Argentina ahora y cuando empezamos la película hace 4 años. Lamentablemente, legislativamente no ha cambiado nada. Hay una tendencia más general en el mundo a legalizar al menos el cannabis y después ver qué se hace con las otras drogas, espero que vayamos hacia ahí. La película pretende ser un mojón en ese sentido, una colaboración o un aporte. Y cuando pienso en democracia no me imagino prohibiciones. Los estados más democráticos y los países más desarrollados en general no tienen prohibiciones en torno a la tenencia y el consumo de drogas, entonces mi esperanza es que se acabe esta lógica prohibicionista y encontremos formas más democráticas, respetuosas de los derechos humanos y las libertades individuales de relacionarnos con las drogas.

“Hay una reacción de la cultura y de la sociedad contra las experiencias de consumo psicoactivo y la identificación de ese enemigo provoca un fuerte sentimiento de homogeneidad y unidad”.
¿Qué información o aprendizajes sobre la prohibición encontraron a partir de la realización de la película?

JMSA: Hay que decir que yo en lo particular empecé a pensar el documental cuando empecé a investigar esta cuestión. Eso fue hace unos cuantos años y en el proceso me di cuenta de que no había una linealidad. Que el prohibicionismo no era simplemente el subproducto de la política que tuvo el imperialismo de militarizar la región en los años 70 y 80, sino que hay una cuestión más compleja. En ese sentido, poder revisar y ver los documentos y las leyes con un ojo un poco más crítico hizo que fuese, con modestia lo digo, más sofisticada la visión del problema y que no fuese tan reduccionista. El problema de la represión y del negocio de la seguridad existe y es muy importante pero también hay otras muchas cuestiones. Algunas que me parecen que son atávicas y que tienen que ver con el miedo a la experiencia psicoactiva, el miedo a lo que nos puede sacar del discurso de la racionalidad dominante. Eso es muy pregnante en un amplio sector de la sociedad que quizá tiene un estilo de vida más conservador y se siente amenazado frente a estas cuestiones que, entre comillas, son novedosas. Porque el cannabis, como la cocaína o el opio, no son las sustancias típicamente ceremoniales en occidente, como por ejemplo sí lo es el alcohol. Y como hace unos cuantos siglos, ha logrado legalizarse el tabaco. Siempre se dice que son más dañosas estas sustancias legales y es verdad, pero también es verdad que la relación de occidente con el alcohol es tan profunda que lo considera la sangre de su redentor. Entonces, me parece que hay una cantidad de factores que juegan muy fuerte y entre los que está ese negocio securitario que se puede denunciar y está bien denunciarlo. En última instancia es un resabio de un estado monarcal, absoluto, autoritario, y esto engarza en algo mucho más profundo que es la reacción de la cultura y de la sociedad contra las experiencias de consumo psicoactivo y cómo la identificación de ese enemigo provoca un fuerte sentimiento de homogeneidad, unidad. Eso fue lo que me quedó de todo este proceso y también los amigos que fuimos haciendo en el camino.

MR: Yo empecé esta película con una idea bastante clara: la política de drogas y la prohibición no funcionan y avasallan libertades individuales y derechos humanos como le pasó a Eric, el protagonista de la película. Y a lo largo de la película lo fui reforzando porque las contradicciones se expresaron en el recorrido que hicimos. A Eric no lo elegimos porque fuera nuestro amigo o nos cayera bien. En ese momento era el caso más resonante en los diarios, ni lo conocíamos. Cuando fuimos y nos encontramos con el caso vimos todas las contradicciones y las porquerías que las políticas de drogas generaban. En ese sentido, me confirmó lo que yo pensaba, me lo reforzó, me dio más elementos. Sí quizás fue interesante encontrarme y sentarme a hablar con gente con la que nunca hubiera hablado, como la cúpula de la policía antinarcotráfico de Córdoba o la fiscalía de Córdoba que nunca nos quiso declarar con las cámaras encendidas. Entonces, más que aprendizaje, fue nueva información que me aportó hacia la idea que tenía y que se corrobora en la película. La prohibición es una política de seguridad o de salud, si se quiere, que tiene incontables fracasos y ningún mérito o ninguna victoria y que tiene que ser derogada.

* * *

Quizá venías acostumbrado a trabajar en THC con la palabra escrita, ¿cómo fue para vos el trabajo en lenguaje audiovisual?

Martín Armada: En principio, lo que me pareció muy interesante y verdaderamente disfruté mucho fueron las características colectivas del trabajo audiovisual. Es algo que me gusta y disfruto mucho en prensa gráfica pero realmente en el trabajo audiovisual la colaboración entre los distintos actores que van armando el objeto final es clave. Y un poco también te das cuenta la importancia de los aportes interdisciplinarios que hay en el trabajo audiovisual y en cierta medida, sobre todo siendo un novato en esto, en principio es como jugar con cartas tapadas. Porque vos estás trabajando un texto y conocés de las otras partes y parcialidades que componen esa totalidad, entonces es un trabajo que tiene algo de misterio en el momento en el que se está produciendo y que por supuesto tiene, al final del proceso, una suerte de alquimia donde todo se une y adquiere coherencia y donde me parece que es muy importante el trabajo de directores y editores.

¿Cómo fue tu participación en el proyecto?

MA: Fue una participación que fue dándose por etapas y un poco improvisadamente hasta que luego se formalizó. En principio mi participación era simplemente hacer una entrevista a Eric y luego de esa entrevista Martín Rieznik y Juan Manuel Suppa Altman me invitaron a hacer otras entrevistas y luego apareció la posibilidad o la necesidad, eso habría que preguntárselo a Martín y Juan Manuel, pero entiendo que fue un poco de necesidad y un poco de posibilidad de que yo de alguna manera participe como una especie de personaje que colabora en la cohesión de la narración. Finalmente trabajé en el desarrollo de la voz en off, que fue muy interesante, porque se trabajó sobre un texto original que a la vez era una adaptación del libro de Suppa Altman, hecha por él, y luego lo que yo fui haciendo fue tratando de adaptarlo a mi posibilidad de decir y a cierta naturalidad. Y fue muy interesante como proceso porque trabajamos junto con Martín y Juan en el pulido de todo ese texto que me dieron la responsabilidad y el gusto de poder ponerle voz. 

“Hay que pensar una agenda integral que ya no vea solamente la urgencia de salir del estado paleolítico de prohibición en el que estamos, sino también la necesidad de empezar a debatir formas sustentables en todo sentido para nuevas leyes”.
¿Cómo describirías el contexto social, político y cultural de producción de la película en tanto discurso y el contexto de reconocimiento actual al momento del estreno?

MA: Creo que una cuestión compleja y a la vez interesante en el desarrollo del documental es que trabaja sobre algo que es sumamente dinámico. De hecho hay todo un proceso notable de cambios en lo que respecta a las políticas en torno al cannabis específicamente. A su vez me parece que el gran cambio y que va a exigir la Argentina y también otros países que están muy atrasados en las reformas de políticas vinculadas al cannabis, es que donde ya se avanzó, ya se están pudiendo ver las cuestiones que hay que tener presentes a la hora de avanzar en un proceso regulatorio y eso nos pone en una doble responsabilidad como sociedad. Porque por un lado tenemos que avanzar en la salida de un paradigma pero al mismo tiempo ya hay un montón de evidencias y de hechos que nos permiten evaluar los pros y los contras de determinadas decisiones a la hora de avanzar en nuevas leyes. Me refiero a cuestiones como el cannabis y la convivencia entre autocultivo y cultivos a gran escala, ¿cómo puede convivir el cuidado del medio ambiente con una producción masiva?, ¿qué implica al mismo tiempo la aparición de packaging? Hay una serie de cosas que han pasado muy velozmente en muy poco tiempo y que indudablemente van a tener que ser contemplados en una agenda integral que ya no implica solamente la urgencia de salir del estado de prohibición en el que estamos, que es paleolítico. Estamos ante la necesidad de empezar a debatir formas sustentables en todo sentido para nuevas leyes.