Foto de archivo

No es el deporte, es el varón que moldea el rugby 

La violencia ejercida por jugadores de rugby durante las últimas tres semanas ha generado opiniones encontradas: por un lado están quienes defienden este deporte y no quieren que “metan todos en la misma bolsa”, por otro lado existe un sector que continúa proponiendo soluciones machistas al festejar porque se viralizó una amenaza contra los 10 rugbiers de Zárate, filmada por internos del penal ubicado en Florencio Varela. A su vez, una experiencia de resistencia política, feminista y académica que se gestó durante el 2019 en la Facultad de Trabajo Social de Paraná, abre el juego e invita a repensar nuevas masculinidades, que sean críticas y reflexivas, libres de mandatos patriarcales.

El 2020 inició con una agenda mediática marcada por la violencia física que apareja el mandato de masculinidad construido particularmente en el arquetipo del varón rugbier. Una conmoción generalizada se hizo presente a partir de una serie de hechos acontecidos que reflejan un patrón cultural muy común en nuestros días. 

Ocho de enero. Un jóven argentino sufrió una fractura de mandíbula a raíz de un brutal golpe por la espalda durante una fiesta al aire libre, en Punta del Este. El agresor es un rugbier uruguayo que fue identificado gracias a les usuaries que viralizaron el video.

El 15 de enero se conoció un tweet dedicado hacia los integrantes de las categorías 93 y 94 del Club Universitario de rugby de La Plata, quienes filmaban a las mujeres con las que tenían relaciones sexuales sin su consentimiento y compartían después las imágenes en grupos de WhatsApp. “Tengan cuidado porque se lo han hecho a muchas sin importar que sean novias, amigas o conocidas”. Rezaba el tweet que concientiza sobre la gravedad que tiene difundir imágenes íntimas sin consentimiento. No es un juego ni un chiste, es un tipo de violencia de género, la digital.  

Las distintas agresiones que se dieron en la región despertaron reacciones y posturas encontradas de la opinión pública que se posicionó a favor y en contra de vincular la violencia perpetrada con el hecho de que los agresores practiquen este deporte y no otro. 

Julián Princic, un jóven periodista paranaense que durante varios años jugó en el Paraná Rowing Club, contó en primera persona sobre los abusos y la violencia en el mundo del rugby. Publicó una carta el mismo 8 de enero, luego de enterarse lo que le ocurrió al joven argentino en Punta del Este. Sin embargo, el posteo tomó mayor repercusión el fin de semana pasado, tras la conmoción que generó el asesinato de Fernando Báez Sosa de 18 años, quien fue atacado a golpes por un grupo de rugbiers a la salida de un boliche en Villa Gesell. 

A través de su relato, Princic recuerda escuchar durante horas a sus amigos hablar de estas batallas libradas, donde “siempre se destacaba la unión y el trabajo en equipo para combatir, porque esos “son valores del rugby”.“El objetivo implícito siempre fue causar impacto. Impresionar. Porque las peleas no eran mano a mano en una plaza vacía. Las chicas tenían que verlo. Es una de las metas que nadie te enseña como meta pero que sabés que está”. El joven también hizo referencia a las prácticas conocidas como “bautismos” que son vistos como rituales para forjar la personalidad, “O al menos eso se cree”, manifiesta Julián. “Yo vi con mis propios ojos abusos como palizas atroces a chicos desnudos y objetos metidos en el ano. Rehusarse no es opción porque el castigo será peor”.

Históricamente, los varones del rugby fueron rescatados por sus valores, su cultura, sus códigos, sus prácticas, pero a su vez relatan situaciones que nos muestran que el problema es más grave que diez pibes ocasionalmente violentos y alcoholizados. Hay cuestiones que hacen a su identidad y están claramente relacionadas con todo lo sucedido.

Se trata de mantener ciertas prácticas y discursos que convierten al varón común en un verdadero macho: sostener la heteronormatividad, exhibir fuerza, mostrar ciertos atributos como el coraje, la virilidad, el poder económico, político o cultural. Perpetrar al otro mediante violencias, simbólica y física, es la celebración de la propia masculinidad, que no acepta otro modo de vincularse con los hombres. Utilizan una víctima sacrificial para demostrarse a sí mismos que son hombres”, opinó la antropóloga y teórica feminista Rita Segato, acerca del asesinato de Fernando Báez Sosa. 

Del mismo modo, este arquetipo de “macho rugbier” justifica su propio accionar diciendo que el recibir la condena a través de esas violencias, es entender que no hicieron lo que corresponde para no ser perpetrados. Efectivamente, atestiguar el gesto del sometimiento los convierte en sus propios cómplices.

UNA FORMA DE VIOLENCIA LEGITIMADA Y NATURALIZADA  

Una mirada interesante es la que plantea el doctor en comunicación Juan Branz, quien después de investigar durante años un deporte que promueve violencia legítima, como el rugby, plantea que la construcción de la masculinidad se establece en la doble oposición entre macho-puto y blanco-negro. Según afirmó en una nota publicada por Revista Anfibia, “no es salvajismo, ni irracionalidad, ni barbarie: es un esquema consciente y racional en donde el juego de cuerpos, palabras y gestos se pone en acción”. 

Su planteo inicia contextualizando el conflicto, aclarando que en Argentina el rugby es un espacio administrado por las clases dominantes. Eso significa que quienes practican este deporte diseñan y modelan una cultura que expresa ciertos valores y, por supuesto, otros que no. Para sus integrantes, es una “escuela de vida” donde todos pueden jugar y en donde se aprenden las bondades que todo hombre que pretenda ser “deseable” y “decente”, deberá incorporar si quiere ser considerado dentro de los “blancos”, “racionales”, “civilizados”, “honorables” y “caballeros”. 

Salvo algunas experiencias muy recientes de clubes que ofrecen un rugby popular o disidente, el mundo del rugby tradicional divide para distinguirse. Primero entre “macho y puto”, luego entre “blancos y negros”, donde blanco es ser “educado”, “moderado”, “refinado” y la negritud, por el contrario, reside en una diferencia de estilo y de clase. A su vez, esta división trae consigo la separación moral del mundo entre “blancos” y “negros”, que es la correlación del “nosotros” y “ellos” y del “buenos” y “malos”, respectivamente.

Brans plantea que lo que sucedió en Villa Gesell no es salvajismo, ni irracionalidad, ni barbarie, porque la percepción y la puesta en práctica de la violencia física es la escena legítima que sostiene la eficacia de ser, ver y actuar como un hombre. Sin ir más lejos, el tercer tiempo se constituye como un ritual donde el equipo local ofrenda y demuestra sus posibilidades de agasajar al equipo visitante. Otra tradición violenta son los ya mencionados y famosos ritos o bautismos de iniciación. Esta práctica puede ir desde raparse la cabeza o tragarse un pez vivo hasta las imposiciones y abusos sexuales.

UNA EXPERIENCIA DE RESISTENCIA POLÍTICA Y ACADÉMICA

Durante el año pasado, Paraná fue testigo de una propuesta académica y activista que puso en tensión, al menos durante un cuatrimestre, el estereotipo de masculinidad patriarcal que se constituye desde ámbitos “viriles”, como los clubes de rugby. Dialogamos con Franco Ronconi Sittner, quien tiene 26 años, es casi politólogo y junto con otras personas, forma parte del equipo docente que a mediados de 2018 decidió abordar, desde una perspectiva feminista, la masculinidad como problemática y construcción cultural. Afirmó que desde la cátedra entendían que el tema era parte la agenda y era un debate que necesariamente debía ser tocado en el ámbito académico universitario.

Titulado “Masculinidades y feminismos. Politizar las miradas”, el seminario proviene de un espacio curricular de las carreras de Ciencias Políticas y Trabajo Social. Existe hace varios años, pero siempre tuvo distintos enfoques, centrándose siempre hacia el interior de la perspectiva de géneros y los feminismos. Durante 2019 la propuesta giró para el lado de las masculinidades, tomándolas como problemática central.

La premisa del seminario fue poder abordar las masculinidades desde el punto reflexivo y crítico del feminismo en un marco académico, es decir que muchas de las cosas que tocamos tienen que ver con el enfoque academicista y las miradas epistemológicas que el feminismo tiene en general pero también sobre las masculinidades. El material que enmarcó la actividad es del sociólogo y activista catalán Jokin Aspiazu, autor del texto “Feminismo y masculinidades”. Según Franco, este libro fue la columna vertebral de todo el seminario, porque les permitió hacer una conceptualización más general sobre cómo abordar y cómo definir qué son las masculinidades. Complementariamente tomamos otros autores, como Donna Haraway o  Rita Segato, para tomar las cuestiones epistemológicas.

ALGUNOS CONCEPTOS ABORDADOS 

¿Cuáles fueron los ejes puestos en juego durante el seminario?

El presupuesto central que nosotros tenemos es que a las masculinidades siempre hay que leerlas con el ojo crítico del feminismo principalmente, porque sino terminamos quedándonos en esa ciencia que tiene una mirada profundamente androcéntrica y muy centrada en el hombre, en especial desde la academia, que mira las masculinidades desde distintos ojos disciplinares como la sociología o la psicología social. Solemos perder la capacidad de pensar que las masculinidades pueden ser de otra forma, no necesariamente tienen que ser como son. El feminismo nos permite corrernos de esa mirada academicista y androcéntrica.

El segundo gran presupuesto que tenemos es que hay que pensar las masculinidades de forma compleja y contextualmente situadas, es decir que la masculinidad no es una, no es el arquetipo del varón blanco, heterosexual, fuerte, padre de familia y proveedor, sino que hay diferentes tipos de masculinidades que están situadas y a su vez se legitiman en diferentes círculos sociales. Eso nos permite no solamente correr el eje de la masculinidad arquetípica y mirar las nuevas, sino también criticar qué tanto de masculinidad expropiadora, que se aprovecha del trabajo no remunerado de las mujeres y también de otros varones, existe todavía. Queremos preguntarnos qué tanto de esas conductas violentas persisten en estas nuevas masculinidades que comienzan a identificarse más progres, más vinculadas al feminismo, supuestamente menos violentas. 

También reflexionamos sobre cómo pensar la violencia como concepto y la violencia dentro de espacios de militancia, o qué hacer con las diferentes violencias. Lucho Fabbri y Noelia Figueroa, quienes son parte del equipo organizador, vienen trabajando con modelos de protocolos sobre cómo actuar y tratar con víctimas que quieren denunciar o sentirse protegidas de sus abusadores o violentadores. Además tocamos cuestiones de salud reproductiva, cuestiones de ESI y cómo pensar las masculinidades desde ahí.

¿Cómo fue la convocatoria? ¿qué tipo de público tuvo el seminario? 

Tuvimos una buena convocatoria el año pasado, que no incluía solamente estudiantes de las carreras que se dictan en la FTS sino también estudiantes de otras facultades, amigos, conocidos, militantes sociales y participantes de varias organizaciones sociales que les interesaba trabajar esto dentro de sus organizaciones. Definitivamente fue una experiencia enriquecedora para todes, pero siempre teniendo en cuenta que es un seminario curricular de una facultad y eso implica que tenga una mirada un tanto academicista sobre estas problemáticas. A la vez también implica obligarnos a un cierto intercambio con personas que venían desde otros lugares y otras situaciones. 

Hay una buena noticia para quienes estén interesades en desaprender y debatir sobre las múltiples formas de construir masculinidades, libres de mandatos machistas. Al final de la entrevista, Franco aseguró que debido al éxito que tuvo la experiencia, este año volverán a dictar el seminario en la FTS con el mismo equipo y con un programa muy similar.