Ilustración de Carla Gastaldi

Contra todo para ser libres

Por Cira Inés Monge

Este es un relato que roza el surrealismo, le pasó a una amiga de mi amiga. Me permito contarlo en primera persona. Dos mesas casi juntas en el único bar para jóvenes adultes, en el pueblo que ahora dice ser ciudad. La noche venía cargada de canciones llenas de posesión, el romanticismo de Romeo y Julieta. Los aplausos, el sapucai, el vino de promoción y las empanadas de carne.

Estaba acompañada por dos parientes, un viejo de sesenta y tanto y la otra que está pisando los ochenta. Después de una sobredosis de guitarra, bombo, chacareras y zambas, pedimos la cuenta. Justo 5 min antes de entregar el dinero al mozo, me tocan el hombro con tres golpes suaves. Era ella con sus pelos rubios casi cubriendo toda su frente, una sonrisa que se podía divisar desde lejos. Nos saludamos con un beso y un abrazo. Hacía rato no la veía en el pueblito. Hablamos poco pero lo suficiente como para decirle que la charla estaba entretenida -tan entretenida que expresé iba a llevar a mis compañeres de mesa a sus casas ,ya que se dormían sentades, y volvía-.

De regreso, ella seguía con el vaso en la mano y nos pusimos a hablar de estrategias para combatir al patriarcado. No teníamos los pañuelos verdes en las mochilas, pero la mirada de complicidad nos amuchó y nos sentamos a la barra para definir si era mejor dar una charla o planificar con tiempo qué se podía hacer para educar desde otras perspectivas a les jóvenes que no tienen más que dos opciones para ampliar su horizonte: o te quedás en el pueblo y te empoderás, o tenés la posibilidad de irte a otra ciudad y liberarte de la pesada carga de los mandatos sociales. Lo que resta es nunca salir de ese caparazón de represión. Un garrón.

Nos encuentra otra de las pibas, imagino que con la euforia que estábamos hablando, no hizo falta preguntar si estábamos charlando de feminismo o qué. Éramos tres, tres es un número lindo para cranear la revolución.

No tardamos demasiado en ir a pedir a Miss Bolivia y Chocolate Remix pero la insistencia de la actual rioplatense con raíces en el pueblo entrerriano no obtuvo los resultados esperados. Fuimos conscientes de que toda la música que pasaron era machista y encima interpretadas en su totalidad por tipos. No quedaba más que cambiar la letra a las canciones en el momento que se reproducían y disfrutar de mover nuestras cuerpas. Cumbia y cuarteto, no mucho más que eso. En medio, ella nos expresa a nosotras dos su preocupación por lo dificultoso que es ser libre sexualmente en un lugar como ese; que ella había estado con minas y vagos. Le digo que yo también y que creía que muy pocos ahí sabían de nuestras realidades, porque es cosa de loques liberales.

Siempre me sorprendo de mi capacidad de asombro frente a diversas situaciones. Ese domingo me pasó una vez más. Tengo adentro un motor que imagino debe ser lo que muches llaman intuición, alguien en ese momento hacía que algo vibrara de una manera rápida y hermosa en mi interior. Cuando me pongo a pensar, la primera que se acerca es ella que me invita a bailar agarrándome de la cintura y entreverando sus piernas con mis piernas, abrazándome fuerte. Sonaba un cuarteto, pero nosotras bailábamos algo más parecido a una lambada. Sentía su respiración en mi cuello y más de una vez nuestras bocas rozaron entre giro y giro. Siempre prefiero pensar que no, para después en todo caso sorprenderme con lo que puede llegar a suceder más adelante y no comerme un viaje de antemano. Funcionó bastante bien.

Averigua si había ido en auto. Afirmo. Muy rápida para la concreción me pregunta si podía dejar su abrigo allá, ya que estaba incómoda y pendiente de dónde dejaba su campera y bufanda. Accedo rápido y vamos juntas, los pasos eran lentos ya que encontrarse de cara al invierno no es cosa sencilla.

Pasado un rato largo de baile y de esa secuencia que se repetía una y otra vez, la sensación de cosquilleo pasó a ser más intensa por lo que tuve que ir al baño, no es fácil hacer un pasamanos de Fernet, Dadá 7, cerveza y no sé cuánto más y además aguantar las ganas de chapar en un espacio que estaba lleno de machos, en el que dos femininjas se encontraron para hacer desorden visual. En el pueblo encontrarse dos pibas y bailar en medio del único bar, muy cerca, es “demasiado” o quizás simplemente sea mucha información, lo que se reproduce como “descontrol”. Una morocha de pelo corto y castaño oscuro, de jeans tiro alto que data de los 80 y unos zapatos ya casi sin color en un bar heteronormativo y de narices paradas. No, no es San Junipero, pero fue muy Black Mirror.

Cuando vuelvo ella estaba hablando con un vago, me hago a un lado y me pongo a bailar sola. Disfruto mucho de verme desde arriba bailando con un jarro en la mano. El alcohol achinaba los ojos que de vuelta en vuelta se encontraban con los de color verde y hacía que me sonriera algo avergonzada. Se acercan ambos y ella me agarra del mentón diciéndome que era hermosa, él sin entender absolutamente nada de lo que estaba sucediendo me agarra el hombro y afirma lo que había dicho.Parece que los tipos no se pueden quedar atrás en ningún momento. Ella no deja de mirarme fijo y ahí voy otra vez, bajando la mirada por no saber cómo reaccionar a ese tipo de estímulo que viene del exterior.

Mis piernas no servían para hacer ningún movimiento más que un par de pasos para llegar al vehículo. Le expreso esto a ella, acercándome a su oreja ya que la música estaba bastante fuerte y su cuello lo suficientemente perfumado como para no poder evitar esa situación. Qué bien olía la madrugada. Le comento que podía dejarle su ropa para que ella pudiese hacer lo que quisiera. Me dice también al oído que quería ir a dormir conmigo, sus palabras si mal no recuerdo fueron: Yo me voy a dormir con vos esta noche. Una vez más la negra se sonroja.

El pibito al lado me dice algo así como: ¿Me prestás a tu amiga un rato? Mis ojos se agrandaron, me salió la femininja, es que esas cosas una vez que estás dentro del movimiento, no las podés pasar por alto. ¿QUÉ? ¿A vos te parece que yo -primero- puedo decidir por ella? Segundo, es un sujeto o en todo caso una sujeta, no un objeto como para que alguien decida por ella dejando de lado lo que quiere. El loco no sabía cómo excusarse. Entonces le preguntó a ella qué quería hacer. Le dice que tiene el abrigo en mi casa. Que iba a ir a buscarlo. Me río.

Salimos caminando por la Avenida de Mayo. A media cuadra estaba el refugio. Hicimos un par de metros y de atrás se escucha un grito por la calle céntrica del pueblillo: “Paso a buscarte por la casa de ella si tenés la campera allá”. Yo me río, la charla a los gritos era entre elles dos. Ella se da vuelta y le dice “No, no… Tengo que buscar las cosas, me voy a su casa”. Ahora caigo en la cuenta la cantidad de explicaciones que tiene que dar una mujer al irse con alguien, cuestión que no sucede si un chabón se va y decide no dar explicaciones, porque quizás ni siquiera se le cruza en hacer declaraciones.

Intentó persuadirla un par de veces más diciéndole que iba a pasar por ella, hasta que sin preguntar (porque sororidad) decido intervenir y decirle al loco: ¿che, no te das cuenta de que no quiere irse con vos? Se ríe ella, me río yo, nos reímos las dos del patriarcado.

Subimos al auto y al toque se dan por aludidos los vidrios que se empañan en menor tiempo de lo previsto. Nos abrigamos y enseguida tiendo mi mano para rozar con mi pulgar sus labios suavemente. Mi cabeza se acerca a la suya, nos miramos fijo escuetos segundos y empezamos a chaparnos en la incomodidad de los asientos del rodado. Sus manos se pierden en mi pecho y mis manos se sienten atraídas por acariciar sus piernas. Nuestras lenguas empiezan a hacer círculos en su boca, en mi boca. Se juntan como pueden nuestras tetas, el roce era más placentero que un gato enroscándose en tu propia pierna. Nos balanceamos un rato, hasta que caigo en la cuenta del lugar en donde estábamos y sugiero emprender viaje hasta su casa o la mía, pero estábamos en la casa de sus viejos o en la casa de mis viejos. La peor.

Avanzo como puedo, manejando, una cuadra. Es decir, giro en la primera esquina, bordeando la plaza, ella se encima. ¿Cómo no iba a estacionar de frente a la Iglesia si desde hacía una hora nos estábamos burlando del patriarcado? ¿Cuántas mujeres habrán reprimido sus besos, cuántas habrán deseado estar al aire libre o en una camioneta besando a la persona que quería sin distinción de género, sin ocultar el deseo? Nos besamos más, dos chicas besándose a las 5 de la mañana en la plaza del pueblo, 23 y 27 años, de frente a la iglesia, chapamos y nos manoseamos. Nos calentamos, y nos pasamos la lengua por el cuello y nos besamos las orejas. Y nos reímos de nuestros estados, nos cagamos de risa en la cara del patriarcado.